Hambre de piel, sed de venganza.

I

– Ya ni recuerdo por qué carajo vine a este maldito pueblo. Lo de la chica sí que lo recuerdo, pero no me da la gana de decirle nada a este perro de la autoridad. Cree que pegándome me sacará la verdad; como si no estuviera acostumbrado desde niño a recibir golpizas de cada uno de los cabrones que se acostaban con mi madre. Como ella, soy buen encajador. ¡Perro!, como mucho me sacarás un poco de sangre y algunos dientes.

Hace un frío de mil demonios y la humedad es infernal. Bueno, tampoco podía esperar que este perro me ofreciera la suite Ambassador… Pronto vendrán otra vez.

Durante unos minutos Tico descabezó un ligero sueño. Lo despertó el cerrojo de la oxidada puerta. Dos guardias entraron.

– ¿Qué? –dijo- ¿ya es la hora de la merienda?

Lo volvieron a depositar en su celda una hora después. Efectivamente sangraba y había escupido dos dientes.

Al jefe de policía le gustaba encargarse personalmente de estos asuntos. Solía decir que la mejor parte de su trabajo era ponerse frente a uno de esos pobres desgraciados que caían en sus manos y hacerlos llorar y mearse y cagarse de miedo antes de ponerles la mano encima. Le hacía sentirse poderoso.

– Soy el jefe Garden, pero todos me dicen el Palo. Enseguida vas a saber por qué. Me vas a contar todo lo que quiero saber. Me dirás hasta cuántos pelos tiene la puta de tu madre en el coño.

Así solía comenzar sus entrevistas –como a él le gustaba llamarlas- con los detenidos. A continuación agarraba un palo de un metro de largo y casi seis centímetros de grosor y proseguía su discurso.

– A éste –decía mostrando el madero- lo llamo Sócrates, porque hace hablar como una cotorra a cualquiera que intima con él. Ya verás.

Y así entrevistó a Tico. Dos veces al día durante cinco días.

II

Vagabundo y pendenciero, mujeriego y borracho, Tico era un desecho humano más que cualquier otra cosa. Llegó a La Sombra guiado por el azar y sólo tardó unas breves horas en caer bajo las terribles zarpas de Germán Garden, jefe de policía de aquel pequeño villorrio.

La Sombra, a pesar de su nombre, era un pueblo donde el sol violentaba incansablemente a la tierra. Lugar polvoriento y sucio habitado por gentes sucias y polvorientas.

A Tico únicamente le interesaba encontrar su iglesia -la cantina- y regalarse unos buenos tragos de ron que le sacaran de encima las asperezas del camino y un buen cigarro con el que inundar de humo sus maltrechos pulmones.

Entró en El Convento y pidió con sequedad media botella de ron y un cigarro puro al tipo alto, calvo y desgarbado que se agazapaba tras el mostrador.

El chirrido de la puerta lo despabiló. El Palo se sentó a los pies de su camastro.

– ¿Estás disfrutando de tu estancia entre nosotros?

– …

– ¿No quieres contestar?

– …

– Bueno, hablaré yo.

– …

– Has ido a meter tu puerca cosa en mi propiedad. A mí no me importa prestarla de vez en cuando a los amigos. De hecho, lo hago a veces aunque ella proteste y patalee. Pero yo la calmo enseguida con un buen par de bofetadas.

Tico miraba al jefe Garden con todo el odio de que era capaz.

– ¿Cómo te llamas, rubio?

– Me llamo Tico, cabrón.

– El apellido te va como anillo al dedo –dijo el Palo mientras escupía una sonora carcajada, orgulloso de su chiste. Pues verás Tico Cabrón, voy a dedicarte tanto tiempo y tantas caricias que vas a pensar que quiero ser tu novio.

Tras un breve silencio continuó Garden.

– Cuando acabe contigo toda la comarca volverá a recordar que no se le tocan los cojones a Germán Garden. Ahora descansa. Lo vas a necesitar, Tico Cabrón –y volvió a proferir, mientras salía, una estruendosa risotada.

III

La noche transcurría en un duermevela constante para Lucía. No podía quitárselo de la cabeza.

– ¡Qué pedazo de animal! Nunca nadie me poseyó de manera tan salvaje. Tan alto, tan fuerte y con esas espaldas tan cargadas. Unas manos poderosas con dedos gruesos como salchichas alemanas. ¡Bestia! Me ha marcado todo el cuerpo; tengo los pechos amoratados y los pezones me duelen con el solo roce del vestido. Pero esa alimaña rubia me ha sacado humedades de donde no sabía que las tenía. Ni siquiera el Palo me había tratado jamás con esa dureza.

Y rememorando con detalle su trato con aquel rubio brutal cayó finalmente presa de un sudoroso y salado sueño.

IV

En La Sombra la vida era áspera. Sus tierras daban grandes cosechas de polvo, y poco más. No abundaba el agua, no abundaba la comida y escaseaba la felicidad.

Era la mañana del tercer día desde que Tico llegó al pueblo. A media mañana Germán Garden entró a grandes zancadas en El Convento. Con sus poderosas pisadas sobre el reseco suelo de madera se dirigió a la barra y dando sonoros golpes en el mostrador, que asustaron al tipo alto, calvo y desgarbado, pidió de comer.

– Quiero cerveza abundante y unos huevos y unas chuletas. Que me sirva Lucita. Y dile que se ponga el vestido blanco, ése que le regalé.

El Palo daba miedo hasta cuando comía. Mordía las chuletas con saña, como si estuviera matando a mordiscos a un animal.

– Estás muy guapa con ese vestido. Siéntate conmigo, quiero hablarte.

Lucía se sentó frente a él.

– No, no. Enfrente no. Aquí, a mi lado.

Lucía se levantó y fue a sentarse junto a él.

– Dime, mi niña, ¿te hizo mucho daño mi preso?

Ella callaba.

Germán Garden colocó su mano izquierda entre los muslos de ella y hurgaba con la derecha en el bolsillo de su pantalón.

– Te he traído un regalo –dijo el Palo mientras ponía sobre la mesa siete dientes. Cuando termine con ese vagabundo te los traeré todos para que te hagas un collar con ellos.

La mano trepaba sin prisa entre sus muslos.

– Vamos a tu cuarto Lucita, tengo ganas de jugar contigo un rato.

Y desde aquel día empezó a tomarla de una forma inesperada para ella.

V

La belleza de Lucía, como si hubiera firmado un pacto con el diablo, no había dado un solo paso atrás. Pronto se cumplirían diez años desde el día que Germán Garden le regaló un collar de dientes de vagabundo. Y hoy, víspera de su boda con el hijo de su verdugo, retornaban todos aquellos recuerdos. Ambos se casaban por miedo. El Palo se aseguraba así el acceso a su nuera y la humillación de su hijo, dos de las cosas que más placer le procuraban.

Nunca perdonó Germán Garden a su esposa por haber hecho de Maximilian, su único hijo, un chico débil y delicado, incapaz de enfrentar una pelea con los puños desnudos. Y por eso gozaba humillándolo, diciéndole que él era el último Garden y que Max no era más que una niñita asustadiza.

Así era Germán, un hombre que a lo largo de su vida atesoró rencores, odios y miedos ajenos.

Todo estaba preparado para el día siguiente: las flores y el convite, el vestido blanco de la novia y el negro del padrino.

Y transcurrió la noche y llegó el momento de la ceremonia. Una iglesia pobre y un cura rollizo que, como amigo del Palo, había tratado las intimidades de Lucita, eran también protagonistas de una función con el abono completo, pues nadie se atrevía a desairar con su ausencia al jefe Garden.

El oficio acababa de comenzar cuando por la puerta de la sacristía apareció un fraile, con la cabeza inclinada y la capucha cubriendo su mirada, los brazos cruzados dentro de las amplias mangas. Pasó junto al atocinado sacerdote y situándose frente al novio mostró sus manos, al final de cada una de las cuales había un revólver. Girando hacia Germán Garden mientras lo encañonaba dijo:

– Soy polvo del camino y vengo a darte sepultura.

– Esa voz… -murmuraba para sí el Palo; y recibió un inesperado disparo en la rodilla-. ¡Cabrón! –gritó.

– Exacto –dijo el fraile mientras se descubría-. Soy Tico Cabrón. He esperado diez años para devolverte tus favores y recobrar mi dentadura. ¡Dámelo! –ordenó a Lucía.

Con sus dientes en la mano volvió hacia el policía y le asestó una potente coz entre las piernas.

– Di que traigan a Sócrates.

De entre los invitados se levantó un hombre de unos cincuenta años.

– Yo lo traeré. Guardamos una vieja amistad.

El fraile se dirigió ahora al joven novio.

– Y tú ¿quién eres?

– Soy Ma…ma…Maximilian Garden.

– ¿Eres hijo de este chacal?

– Si –repuso el joven con voz temblorosa.

– Magnífico. El día promete más diversiones de las que esperaba.

Jugaba el vagabundo con sus viejos dientes como si fueran las cuentas de un rosario. Pero nadie iba a rezar ese día. La jornada sería testigo del hermanamiento en el mal de Tico y Germán.

VI

Apenas tenía diez años Maximilian cuando Tico tropezó con el Palo. Era un niño tímido y apocado que sentía por su progenitor un miedo incontrolado. Éste siempre lo trataba con rudeza y gustaba de humillarlo, en privado y en público, para, según decía, robustecerle el carácter.

Culpaba a su esposa de la debilidad del niño y por ello también a ella la humillaba a la menor ocasión.

En una sola ocasión contradijo Max a su padre; apenas unas semanas antes de su boda con Lucita. Nunca podría el muchacho olvidar aquel día.

El jefe Garden había bebido en demasía, como tenía por costumbre, y en esa ocasión decidió llevar a Lucita a la casa familiar para enseñar a su esposa qué es una mujer y a su hijo qué es un hombre. Y así lo hizo. Cuando hubo saciado sus instintos frente a su mujer y su hijo…

– Bien muchacho, espero que hayas aprendido algo. Bájate los pantalones y jódela.

El chico estaba congelado.

– ¡Jódela! –gritó el Palo.

– No. No soy un animal como tú.

– Muchachito, no es un buen día para que me toques los cojones.

– No lo haré. Haz lo que quieras conmigo, pero esta vez no te obedeceré.

– De acuerdo, valiente –dijo Germán Garden mientras se subía los pantalones-. Acompañadme.

Los tres comenzaron a caminar tras él. Entraron en la oficina de la policía y pasaron a la sala de entrevistas. Sentó a su hijo en una enrojecida y desvencijada silla; las mujeres permanecieron en pie.

– Bueno, querido Maxi, estás en el sitio en el que más disfruto de mi trabajo.

Mientras hablaba golpeaba secamente con el puño derecho sobre la palma de su mano izquierda.

– Muchos hombres se han sentado en esa silla sólo por desafiarme. Y a todos los he hecho llorar como a mujeres.

Caminaba lentamente alrededor del muchacho, haciendo silencios teatrales pero sin cesar de golpear con el puño.

– Te voy a presentar a un muy querido amigo y colaborador indispensable en mi labor.

El chico temblaba, la madre sollozaba y Lucía mantenía la calma, aunque temía lo que iba a ocurrir.

El jefe Garden tomó a Sócrates con ambas manos y se situó frente a su hijo.

– Por favor, Germán, no le hagas daño. Te lo ruego por lo que más quieras –suplicaba la madre.

– Me dais asco. Tú y tu hijo sois mi mayor vergüenza. Cada vez que os miro se me revuelven las tripas. Pero esto acaba aquí y ahora.

Empezó a golpear suavemente con Sócrates sobre las rodillas de su hijo; alternativamente, primero una, luego la otra.

– Padre, ¡por favor! Lo siento. Perdóname.

Pero su padre no estaba allí; allí sólo estaba el Palo. Y el Palo iba incrementando gradualmente la fuerza que impulsaba a Sócrates.

Los sollozos atemorizados de Maximilian ya eran llanto.

Inesperadamente Sócrates cayó vigorosamente sobre el muslo del muchacho que lanzó un grito desgarrador y perdió por completo el control de su cuerpo mientras su madre yacía sin sentido en el sucio piso.

– Apestas puerco.

– Padre, perdón. Haré lo que me ordenes. La joderé, la joderé –decía entre llantos, hipos y mocos.

El Palo reía con una risa escalofriante.

– ¿Joderla? Jajaja, no muchacho, no. Nunca la joderás. Te lo prohíbo. Te casarás con ella y ella será para mí. Pero tú nunca la podrás tocar. ¿Entendido?

– Sí, señor.

Germán fue desde muy joven el dueño y señor de La Sombra. Usó y abusó de cuantas mujeres quiso –no fueron pocas- y golpeó y torturó a cuantos hombres deseó –fueron muchos-.

VII

Germán Garden permanecía en el piso, en un pequeño charco de sangre que manaba de su rodilla, presa de un intenso dolor, cuando el voluntario puso a Sócrates en manos del fraile. Germán Garden sabía lo que debía esperar. Germán Garden no sentía miedo. Germán Garden era un malnacido pero le sobraban arrojo y valor.

– Vamos, Tico Cabrón. Estoy esperando a que empiece la fiesta.

– Tú me enseñaste, perro, que para hacer un buen trabajo no hay que tener prisa. No te impacientes. Estoy seguro que entre los invitados habrá algunos que se han entrevistado con Sócrates. Podríamos darles una oportunidad, ¿qué te parece?

El jefe de policía guardaba silencio.

– Hijo mío, el Señor te castigará por esto –oyó decir al orondo sacerdote.

Una breve fracción de segundo transcurrió antes del brutal impacto de Sócrates sobre la cabeza que culminaba la sotana.

– Seguro –afirmó el fraile, observando los cabellos, la sangre y otros restos no definidos al extremo del filosófico travesaño.

El cura convulsionaba en el suelo. El vagabundo lo contemplaba con satisfacción. En pocos minutos aquel curita fue a reunirse con su jefe.

El salvaje Tico estaba tan abstraído por la situación y el decenal odio que ni siquiera fue consciente del grito colectivo de sus espectadores, como tampoco reaccionó ante las palabras del viejo Garden.

– Buen golpe, amigo.

Se produjo un denso silencio. Nadie se atrevía a moverse. Tico miró gélidamente a los invitados, luego al herido y a Lucía y, finalmente, a Maximilian. Y fue en ese preciso instante que en su demoníaco rostro se dibujó una maligna sonrisa.

Se dirigió al muchacho.

– Comenzarás tú.

Y le ofreció a Sócrates para que lo asiera por el lugar en que estaban los restos de la clerical calabaza.

Tomando el madero en sus manos sintió una inmediata repugnancia ante los restos humanos que escurrían por sus manos, pero también, y simultáneamente, se identificó, por primera vez en su vida, con su progenitor.

VIII

Sus recuerdos familiares oscilaban entre el amor de su madre y el odio de su padre. Germán Garden exigía de ambos una sumisión absoluta.

Hasta unas semanas antes de la boda jamás había sentido en carne propia la fuerza de su padre. No así su madre, que recibía con frecuencia las muestras del violento carácter de su marido.

Quizá el terror que le impedía socorrer a su madre lo llegó a carcomer hasta el punto de dejarlo vacío; bueno, no exactamente vacío, sino absolutamente inundado por un intenso miedo.

En aquel terrible día en que su madre, ante sus ojos, cayó desvanecida, mientras él, manchado con su propia mierda, observaba, se disipó cualquier indicio de humanidad en su ser.

Ella jamás despertó de aquella pesadilla.

IX

De una abisal profundidad surgió un infinito resentimiento. El temor se había esfumado. El preciso recuerdo de su propia indignidad armó sus brazos y sin titubeo alguno descargó dos décadas de humillaciones sobre la pierna ilesa de Germán Garden. Un estremecedor aullido brotó de la garganta del Palo.

– Papaíto querido, vamos a jugar un buen rato. Y cuando todo termine ya no serás más el orgulloso jefe Garden. Pero quédate tranquilo. El nuevo jefe, Maximilian Garden, hará un trabajo al menos tan bueno como el tuyo. Si pudieras llegar a verlo estarías orgulloso.

Descargó un segundo golpe sobre el mismo lugar; la pierna estaba rota, sin duda.

– Padre, ¿te gusta estar al otro lado de Sócrates?

Soportando el dolor Germán sólo miraba a su vástago. Empezó a sentir la caricia del madero sobre sus labios y, por primera vez, quizá en su vida entera, lanzó una implorante mirada.

Tico observaba satisfecho la escena; se veía recompensado por los diez años.

Un golpe seco y los dientes saltaron y la boca y la cara se empaparon en sangre y las lágrimas cayeron de los pérfidos ojos del policía.

– Ahora que mi futura esposa ha tenido que devolver su viejo collar le podremos hacer otro con tus dientes –dijo Maximilian-. ¿Qué te parece Lucita?, ¿te gustaría llevar la dentadura de tu suegro sobre el cuello?

– Mucho –contestó ella-. También querría hacerme unos pendientes con esos cojones de los que tanto presume.

Tico y Maximilian rompieron a reír ante la ocurrencia de la mujer.

Los golpes continuaron y los dos viejos enemigos del pedazo de carne que había en el suelo se fueron turnando en las descargas. Aquello duró horas.

Finalmente, el joven pidió un revólver al desdentado vagabundo, y éste, como si fueran viejos camaradas, se lo prestó.

Disparó de inmediato sobre la pierna del fraile.

– Soy el nuevo jefe Garden, y tú estás detenido, hijo de puta –dijo ante el petrificado rostro de Tico.

Ordenó que lo llevaran a la oficina de la policía para mantener una íntima entrevista a tres bandas.

Nunca más se volvió a ver a aquel feroz y desdichado vagabundo.

Días después se produjo el enlace entre Maximilian y Lucita. Fue un gran acontecimiento que nadie se quiso perder; temían desairar al jefe de policía.

El vistió sobriamente, de uniforme, pero sin ornamento alguno; ella, de blanco, con un collar, clásico pero renovado, y unos originales pendientes.