Walter Benjamin.

Fue un pensador fragmentario y disperso, un marxista heterodoxo con una cierta tendencia a la platonización, al idealismo. Situado en el límite -el lugar donde se vive en soledad- fue allí, en el límite, en la frontera, y así, en soledad, donde fue a morir. Acusado por Horkheimer de no ser un buen materialista, habría que concederle algo de razón al gran Max, puesto que Benjamin, por poner sólo un ejemplo, afirmaba el honor como espiritualidad materialista, o el poder de la narración y de la palabra sobre el cuerpo: por ello “el hombre comunica en el lenguaje y no por el lenguaje”.

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Rosas y coles.

Un Centauro en el Desierto

“Un idealista es alguien que, notando que las rosas huelen mejor que las coles, concluye que también harían mejor sopa” HENRY LOUIS MENCKEN.

Desde mi pesimismo antropológico no puedo comprender ni compartir esa bonachona simpleza con la que algunos políticos vienen hablando (por cierto, más tiempo del que yo vengo escuchando) sobre la “mirada positiva”; que traducido viene a ser algo así como que si deseamos que algo ocurra ocurrirá si lo deseamos suficientemente. Esta política de cuento de hadas la vienen sosteniendo algunos políticos que se sitúan en una supuesta superioridad moral (la de cierta izquierda “progresista”, “conlacaralaváyrecienpeiná” –exenta de los escándalos de los ’80 y ‘90”).

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