Ricardo Vidal López 13 septiembre, 2011

El origen del planeta de los simios.

 

Contento. Así es como salí del cine. Contento al pensar que esta película no es española, y que, por tanto, ni el Ministerio de Cultura, ni el ICO, ni la Consejería de esto o lo otro, ni Canal Sur, ni nadie de “este país” (¿a que parece que me estoy haciendo progresista?) ha puesto un puñetero duro para realizar esta bazofia de película.

Esta cosa, nos cuenta la vida de un mono a lo largo de unos diez años. Cómo en ese período aprende a jugar al ajedrez, a cuidar a un enfermo, etc. Una monada de película. Asistimos a la toma conciencia, del mono, de su situación y la de sus congéneres y vemos como articula un jaleo del copón y lidera una especie de 15-M, pero con éxito, simiesco. Ver la capacidad de improvisación y organización del mono, ver la mano de hostias que le dan a la policía en el Golden Gate; ver como un mono medio listo configura un sólido grupo de póngidos tontos y los lleva al éxito (Zapatero toma nota) me ha henchido el corazón de solidario gozo animal.

En cualquier caso la película me parece que posee un guión carente de brío, más bien flojito y es, como casi siempre en EEUU, biempensante (la cosa del maltrato animal en los laboratorios, los peligros de la investigación, la maldad intrínseca de los directivos,…); la dirección es sensiblera y poco consistente, trabajando torpemente el paso del laboratorio a la acción; la introducción dura una hora. Del equipo actoral salvaría a John Lithgow –porque me cae muy bien- y a la mujer florero, Freida Pinto –por lo rica que está. Los efectos especiales, que al parecer es de lo que habla todo el mundo, son un poco como los de las películas antiguas, o sea, se notan en demasía, y además son excesivos; los brincos y carreras de los monos se ven falsos como una moneda de tres euros. Por cierto, ¿Dónde comprarán los americanos las cristaleras de sus edificios y estructuras interiores? Son malísimas. Se rompen y estallan a la más mínima. Hay un montón de cristales rotos a lo largo de la película, y en contraste nadie sufre cortes. Las lanzas de las que se proveen los monos son asombrosamente más cortas cuando las usan que cuando las toman del zoológico, y además se clavan literalmente en el asfalto. Todo esto me conduce a, como un ministro cualquiera, hacer una reflexión: ¿fue quizá un mono quien dirigió la película?
Pero de todos los saltos mortales que se dan en la película el más disparatado es que el mono, de pronto, hable. Esto nos lo presenta la película como el punto álgido de la evolución del simio; habla porque es inteligentemente humano. Olvidémonos del aparato fonador y todas esas tonterías fisiológicas.
He leído en Internet alguna crítica esta mañana y por lo general hablan muy bien esta película; inciden en el hecho de que es una precuela que trabaja sobre el clásico de finales de los ’60 y que a su vez la complementa y explica.
Hace muchos años que no veo “El planeta de los simios” (Franklin J. Schaffner, 1968), y como no soy Willy Toledo no diré que la voy a revisar. Pero aquella película terminaba con el presidente de la Asociación del Rifle, Charlton Heston, frente a las ruinas de la Estatua de la Libertad, exclamando algo así como: “¡maníacos, yo os maldigo, maldigo las malditas guerras”. Dicho más claramente, esta película, la actual, corrige la causa original, que Heston afirmaba, de la primera. Y además…
…, además es que la original era lo que se llama una “distopía”, una utopía negativa, cuyo contenido aquí se pierde (es destacable que el guionista Michael Wilson fue una de las innumerables víctimas del maccarthismo).
Y además en la primera, el origen está en un viaje espacial en los años ’70, en plena guerra fría, con la amenaza nuclear sobre nuestras cabezas, y no en un laboratorio médico en el año 2010.
Y además César, el simio originario, el que desarrolla la inteligencia, es un chimpancé y en la película de 1968 son los orangutanes los que mandan.
Y además el tono apocalíptico de la primera aquí no aparece ni en las sombras.
Y además, …