Ricardo Vidal López 28 julio, 2013
Un día un pordiosero, un hombre al que a simple vista se notaba que la vida había castigado material y espiritualmente y al que parecía que no le podía ir peor, se acercó a la ventanilla de un lujoso automóvil detenido en un semáforo y ocupado por un elegante y próspero caballero y se entabla el siguiente diálogo:
– Señor, ¿podría prestarme diez euros para comer?
– Pero, ¿no te los irás a beber, verdad?
– No señor, nunca en mi vida he bebido alcohol.
– Entonces, ¿te lo vas a gastar en tabaco?
– No señor, no fumo, ni nunca lo he hecho.
– ¿Te los vas a gastar a lo mejor jugando y apostando con otros mendigos?
– De ninguna manera. Nunca juego ni apuesto nada.
– ¿Acaso te los vas a gastar bailando en algún cabaret?
– Imposible, señor, jamás en mi vida he pisado un cabaret. Es más, no sé bailar …
– ¿Se los piensas dar a una prostituta, acaso?
– Jamás he tenido relaciones con ninguna mujer que no fuera mi novia, convertida luego en mi esposa hasta que me abandonó.
– Entonces toma, no diez, sino cien euros. Pero vente a comer a mi casa. Quiero invitarte a una buena comida casera y así podrás ahorrarte los cien euros?
El pordiosero, sorprendido, sube al impresionante coche y ya en camino pregunta:
– Oiga, señor, ¿no se enojará su esposa al ver llegar a alguien como yo y que se siente a su mesa a comer?
– Probablemente sí – contesta el rico -, pero valdrá la pena. Tengo interés en que vea en que se convierte un hombre que no bebe, no fuma, no juega, no baila, ni sale con putas.