Ciudadanas, ciudadanes, ciudadanis, ciudadanos y ciudadanus: bienvenidos a la Era de la Visibilización Universal.

Antiguamente las cosas visibles no necesitaban ser visibilizadas. Uno abría los ojos, y ahí estaban: la montaña, el vecino, la injusticia, el perro, … El verbo ver bastaba para el milagro cotidiano. Uno decía veo, y la operación quedaba concluida: el objeto y el verbo se daban la mano y seguían su camino.

Pero llegaron los tiempos de la posverdad, del community manager y del impacto comunicacional, y de pronto el antiguo ver se volvió un verbo reaccionario, casi insensible. Así nació visibilizar: el nuevo verbo redentor, el que vino a salvarnos del anonimato moral.

En esta nueva teología cívica nadie se atreve a mirar sin visibilizar. No se trata de percibir: se trata de proyectar la percepción. Uno no observa, sino que hace visible su observación, no trabaja, hace visible su actividad productiva, no está triste, visibiliza su estado emocional: una especie de gimnasia moral con efectos ópticos.

Visibilizar se ha convertido en la virtud pública por excelencia, un sacramento laico para toda ocasión:

ya no se ayuda, se visibiliza

ya no se denuncia, se visibiliza

ya no se piensa, se visibiliza la reflexión

quien visibiliza, salva

quien no visibiliza, condena

Y así, el mundo se llena de iluminaciones piadosas.

El verbo ha adquirido tal potencia que parece irradiar santidad. Quien visibiliza, se absuelve. La palabra misma tiene valor espiritual, como si con pronunciarla ya se corrigiera una injusticia. Se visibilizan las minorías, los problemas sociales, los trastornos, las periferias, los colectivos, los gatos callejeros, las causas, los dramas, las víctimas, los verdugos y, desde luego, a los propios visibilizadores (si no, ¿dónde está el negocio?). Todo merece este foco, aunque el foco no alumbre.

En el fondo, visibilizar es la versión posmoderna de hacer campaña. Pero con la ventaja de sonar inocente, altruista y progresista al mismo tiempo, es decir, inocentealtruistayprogresistaalmismotiempo. Nadie exhibe ni propaga: visibiliza. La palabra no ofende y tampoco compromete. Además, a todo aplica una pátina de buenas intenciones, que como bien sabréis es con lo que se empedraba el camino al infierno.

Es un verbo tan chulo y tan potente que tiene hasta su propio cuerpo diplomático: los influencers y la gente esta que grita tanto en los programas de debate televisivos.

El verbo, sin embargo, genera sus propios daños colaterales. A fuerza de visibilizar, ya casi nadie ve. La realidad se ha convertido en un escaparate de causas superpuestas, donde cada uno exhibe su compromiso en cómodas cuotas de 280 caracteres. Así, las tragedias duran lo que la ejecución de un algoritmo y las injusticias se disuelven entre emojis de empatía.

Visibilizar, verbo omnipotente, suena limpio, moderno, ético. No tiene el filo incómodo de exhibir ni el esfuerzo artesanal de mostrar. Visibilizar no compromete: con sólo mencionarlo ya quedas en el lado correcto de la historia. Porque se puede visibilizar sin saber, sin hacer, sin entender. La mera declaración basta.

Visibilizar actúa como indulgencia digital, y el pecado original de la indiferencia queda temporalmente perdonado.

En su ascenso meteórico, visibilizar ha colonizado los despachos y los manifiestos. Hay ministerios, observatorios, programas y planes para estos menesteres de la visibilización. Se visibilizan sectores estratégicos, sensibilidades emergentes, problemas estructurales y, en general, todo aquello potencialmente capaz de generar una nota de prensa.

Al ritmo que va esto, a mi no me resultaría extraño que pronto se cree un Ministerio de Visibilización de lo Invisibilizado, con una Subsecretaría de Estado dedicada a revisar qué cosas han quedado suficientemente visibilizadas y cuáles necesitan una segunda ronda de foco institucional.

El lenguaje, mientras tanto, asiste en silencio a su propia caricatura. El viejo verbo ver -sobrio, directo- agoniza en el diccionario.

– Yo era suficiente -susurra apenado.

Pero ya nadie le escucha. Todo lo que no brilla, desaparece. Y lo que brilla demasiado, se quema.

El resultado es un paisaje de luces sin forma, un carnaval de causas  simultáneas donde todos alumbran y nadie mira. La visibilización, en su triunfo absoluto, ha terminado por volverse una especie de ceguera colectiva. Visibilizamos tanto que no vemos nada. La imagen ha devorado el sentido.

Quizá haya llegado la hora de recuperar un gesto subversivo: mirar en silencio. Sin hashtags, sin declaraciones de principios, sin campañas. Mirar, simplemente.