No hace mucho “ecosistema” evocaba algo concreto: la delicada red de la vida, los ríos y sus peces, los árboles y sus sombras. Hoy, sin embargo, el término ha abandonado el bosque para instalarse en las presentaciones de PowerPoint. Se habla del ecosistema emprendedor, del ecosistema digital, del ecosistema cultural… hasta el ecosistema financiero, donde los más vivos son los usureros, como siempre, vaya.
La palabra, en su tránsito desde la biología a la jerga corporativa, ha sufrido un cambio simbólico. Ya no designa interdependencias naturales, sino redes de conveniencia. Es el nuevo modo de nombrar la suma de intereses que cooperan mientras compiten. Donde antes había especies, ahora hay marcas; donde había ciclos vitales, hay flujos de capital; donde había equilibrio, hay “sinergias”.
Decir “ecosistema” da prestigio, porque suena orgánico, sostenible, casi poético. Nadie quiere admitir que participa de un sistema -palabra fría, industrial-, así que lo adorna con el prefijo eco, como si bastara un gesto lingüístico para purificar la lógica del mercado. La explotación se vuelve colaboración; la jerarquía, red; la dependencia, intercambio de valor.
Lo irónico es que cuanto más se habla de ecosistemas, menos ecosistemas reales quedan. Se deforestan selvas mientras se inauguran hubs de innovación verde; se extinguen especies mientras florecen las startups de impacto ambiental. La naturaleza se convierte en metáfora justo cuando la naturaleza desaparece.
Quizá por eso la palabra gusta tanto: invoca un orden armónico que ya no existe, una imagen de equilibrio que sólo sobrevive en los folletos institucionales. En el fondo, cada vez que decimos “ecosistema”, lo que estamos nombrando no es la vida, sino su nostalgia.