Eco-ansiedad: nombre compuesto, de apariencia técnica, que da a la vida cotidiana una inquietud performativa. No basta ya con reciclar vidrio y apagar las luces: ahora se espera que el ciudadano moderno experimente una suerte de congoja permanente ante la posibilidad del colapso climático. No hablamos del antiguo temor milenarista ni del pesimismo romántico; se trata ahora de una emoción administrada, casi gestionada como un KPI anímico.

La eco-ansiedad introduce la convicción de que sólo es moral quien sufre. Es un síntoma prestigioso. Quien no declara su angustia parece equidistante o, peor aún, cómplice directo del desastre.

El origen cultural de la palabrita es rastreable. Se nutre del flujo constante de alertas, informes y gráficos donde la ciencia comunica datos mientras los medios los convierten en espectáculo. De ahí nace una extraña alquimia: divulgación científica envuelta en el pringoso papel de la industria informativa. Esta mezcla alimenta al sujeto y a la sujeta que, desde el sofá, observa incendios al otro lado del mundo y siente que un like activista equivale a una intervención en política forestal. La eco-ansiedad, más que una emoción espontánea, es un estilo de participación pública: un yo preocupado es el ticket de entrada al debate.

El mercado, que nunca desperdicia una afección colectivizada, corre a intervenir. Y así aparecen líneas “verdes” de productos cuyo principal atributo sostenible suele estar concentrado en la etiqueta; campañas que invitan a “consumir responsablemente”, un oxímoron asumido sin pestañear; y otros tipos de artefactos que prometen reducir la huella personal mientras generan nuevas cadenas de residuos. La eco-ansiedad se convierte en incentivo comercial: sentirse mal legitima comprar remedios, y nada consuela más que un detergente biodisruptivo con envase minimalista.

Existe, naturalmente, una vertiente moral de este asuntillo. La eco-ansiedad funciona como medidor de sensibilidad: quien la experimenta presume de lucidez; quien la evita se vuelve sospechoso. Y así, tontamente, se crea una jerarquía emocional, donde el sufrimiento se presenta como prueba de compromiso. La política queda suplantada por la expresión pública del desasosiego. La acción colectiva -esa vieja herramienta que exigía organización, alianzas y fricciones- se diluye en un breve catálogo de gestos individuales.

Al final, el planeta no se inmuta ante nuestra congoja. La atmósfera ignora la intensidad afectiva con la que un urbanita separa cartones. Pero la eco-ansiedad se expande, porque ofrece algo más que miedo: ofrece identidad. Ser eco-ansioso ahora no es un padecimiento; es un modo de anunciar que uno pertenece a la comunidad de los despiertos, una cofradía que mide el compromiso por un temblor o, con mayor precisión, un tembleque interior.

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