¿Recordáis aquellos tiempos en que hablar consistía en decir algo y, con suerte, hacerse entender?. Bueno, pues ya pasaron. Hoy hablar es otra cosa: una operación de ingeniería simbólica, un acto performativo de alto riesgo, una ceremonia de multiplicación identitaria en la que cada frase puede abrir realidades paralelas. Ya no se enuncia: se desdobla.
El desdoblamiento nace de la sospecha, no de la lengua. La sospecha de que las palabras no describen el mundo, sino que lo crean; la sospecha de que nombrar no es referirse, sino fundar; la sospecha de que el idioma es una especie de dios menor al que conviene corregirle la obra. Y así, hablar deja de ser comunicación y se convierte en arquitectura ontológica. Cada pronombre es un ladrillo. Cada barra, una grieta. Cada asterisco, una dimensión alternativa.
La moda consiste en multiplicar identidades como si el problema del mundo fuera aritmético. Si hay conflicto, se suma; si hay exclusión, se divide; si hay incomodidad, se añade un nuevo signo. El resultado no es una lengua más rica, es una lengua que ya no sirve para decir, sino para señalar que se está diciendo correctamente.
El desdoblamiento no busca precisión, sino redención. No pretende aclarar, sino expiar. Quien habla no intenta ser comprendido, sino absuelto. Cada fórmula inclusiva funciona como salvoconducto moral: he cumplido el ritual, he pronunciado todas las variantes, he demostrado mi buena fe. El contenido puede esperar. La forma ya ha hecho su trabajo.
Pero hay algo profundamente irónico en esta obsesión por multiplicar identidades mediante el lenguaje: cuanto más se fragmenta el sujeto gramatical, más se diluye el sujeto real. La persona concreta desaparece bajo capas de categorías y subcategorías, como si el individuo fuera un error que conviene corregir con sintaxis. Se habla de todos y de nadie. Se incluye tanto que ya no se reconoce a nadie.
El lenguaje, sometido a esta lógica, deja de ser una herramienta imperfecta para describir una realidad compleja y pasa a ser un campo de pruebas ideológico. Cada frase es un examen. Cada silencio, una sospecha. Cada error, una culpa. Hablar se vuelve agotador no porque el mundo sea más diverso, sino porque el idioma ha dejado de confiar en sí mismo.
Y quizá ahí esté el verdadero problema del desdoblamiento: no amplía la realidad, la duplica. No añade matices, añade ruido. No protege a los vulnerables, protege al hablante de su propio miedo a no estar a la altura del código. La lengua deja de ser un puente y se convierte en una aduana.
Tal vez convendría recordar algo elemental: las palabras no crean mundos, apenas los rozan. La realidad no se corrige a golpe de pronombre, ni la injusticia se disuelve en barras inclinadas. Hablar no es fundar universos paralelos, sino intentar, incluso con torpeza, pero con buena fe, entenderse en este.
Pero claro, eso exige asumir que el lenguaje no salva. Y que pensar, a veces, es más incómodo que desdoblar.