¿Porqué el Rey?

No diré que la Monarquía no sea un sistema anacrónico en estos tiempos, pero la nuestra, Parlamentaria, está bastante alejada de aquéllas, absolutas, que estudiábamos en el instituto.

Escuchaba esta mañana en la radio a Joaquín Leguina afirmando que España es una “república coronada”. Esta contradictoria afirmación venía a cuento de lo sucedido ayer en el Congreso donde todos los diputados, a excepción de cuatro, del Parlamento tributaron un cerrado y caluroso aplauso, que comparto, al monarca, para demostrar el apoyo a la Corona en tan delicado momento. Y venía a cuento, más concretamente, de la actitud de Cayo Lara ante este hecho.

En los últimos tiempos estamos viendo con cierta continuidad a Cayo Lara y otros renegar de la Constitución, aquélla misma Constitución que el PCE (Solé Tura fue uno de los “padres” de la misma) apoyó con entusiasmo, y 20 diputados, en su momento. Afirmaba también Leguina que nuestra actual Constitución aventaja claramente a la del año 1931 al menos en un asunto importante: la Constitución de 1978 fue fruto del más absoluto consenso político y social.
España ya ha pasado dos veces por la experiencia republicana, y estas dos experiencias han estado marcadas por la brevedad en el primer caso y por el desorden en el segundo. No es ya únicamente que la monarquía parlamentaria y democrática, donde recordemos que el poder ejecutivo está en manos de gobiernos independientes de la figura del monarca, y la Corona ostenta la Jefatura del Estado –cargo meramente institucional y bajo el mando del Gobierno-, no es ya, como digo, que fuera votada y sancionada por nuestro Parlamento y por el pueblo –ahora ciudadanía; es que además la figura de Juan Carlos es la que promovió esos cambios y facilitó su propia pérdida en términos de poder a favor de un parlamento democrático.
Desgraciadamente España es un país donde los oportunistas crecen, aun con poca agua. El 15-M ha ofrecido a toda esta caterva de vendedores de humo una oportunidad para colocarnos su mensaje. A lo mejor ya es hora de que en el país de la memoria histórica repasemos nuestra historia con honestidad; y que recordemos qué pasó en España en aquéllos años; y que recordemos a tanto charlatán indocumentado que Juan Carlos, con y a través fundamentalmente de Torcuato Fernández Miranda y, algo después, de Adolfo Suárez, doblegó al búnker franquista. Que desde finales de los años sesenta estableció contacto con los jóvenes dirigentes franquistas y con los opositores al régimen; mientras su imagen pública era la de alguien irrelevante.
A mi me resulta intolerable que tanto papanata y tontolhaba escupan en la cara de esta monarquía cuando ignoran todo de ella. Ignoran que la Ley para la Reforma Política fue buscada e impulsada por Juan Carlos, moviendo inteligentemente sus peones, como en una partida de ajedrez, y que esta Ley aprobada por las Cortes franquistas y apoyada por los españoles en referéndum –con un 77% de participación y una aplastante mayoría de votos afirmativos- supuso la muerte política del Régimen. Esto ocurría en momentos en los que ETA y GRAPO golpeaban muy fuerte y donde el ruido de sables era persistente. Recordemos a todos éstos, que independientemente de que la Constitución necesite o no una revisión, fue aprobada en el Congreso por abrumadora mayoría. Y que fue respaldada en referéndum con un 87’87% de votos favorables.
La Ley para la Reforma Política permitió que en los primeros meses de 1977 se legalizaran el PSOE y el PCE, que en mayo se produjeran unas elecciones generales y que en octubre hubiera una amnistía general.
Si “en este país” alguien ha demostrado apostar inequívocamente por la reconciliación y por la democracia ha sido precisamente Juan Carlos de Borbón, apodado “el Breve” por Santiago Carrillo. El que marcó, con trabajo constante e inteligencia, una dirección y una tendencia política hacia la democracia fue Juan Carlos de Borbón. Fue Juan Carlos, también, desde las sombras, quien inició los contactos con el PCE. Y fue también él quien resolvió con Kissinger la posición española en el Sahara.
Juan Carlos de Borbón fue un magnífico director de orquesta, que supo acompañarse de grandes intérpretes, como Torcuato o Suárez, y, por supuesto, también el país entero. Y llegado el momento cedió la batuta política a quien el pueblo español determinó.
Cualquier español con un titulo académico un grado superior a la etiqueta del Anís El Mono debería estar al tanto de que Juan Carlos fue el personaje decisivo de nuestra transición política. Y nada más que por eso ya le debemos algo. Pero también ha sido nuestro mejor representante fuera de nuestras fronteras; y, hasta el 15-M, en que lo han querido convertir en un puching ball, objeto de un debate político completamente falso e interesado, ha sido una figura prácticamente indiscutida.
Si una cosa nos ha demostrado Juan Carlos I es el amor y la lealtad a un país, por encima de cualquier otra consideración. Para mí no es ya que sea el mejor Rey de nuestra historia, es también el mejor Jefe de Estado que ha pasado por aquí, y, desde luego, el mejor político que ha caminado por suelo patrio…
En resumen, que quizá, el señor Lara y compañía, no sólo deberían haber aplaudido, si no arrodillado y, …, bueno, dejémoslo.