El triunfo de la muerte, Pieter Brueghel, el Viejo (hacia 1562).

El objeto de la obra es un colectivo –algo característico en Brueghel-, el mundo de los vivos; un mundo que aquí aparece sentenciado. Los tonos ocres y rojizos dominan esta apocalíptica pintura. Esta pintura retrata ciertos aspectos de la cotidianeidad, observando gran detallismo y precisión en cuanto a ropajes, mesas, cartas, etc.

Thetriumphofdeath

Museo del Prado, Madrid 117 x 162

En el óleo no hay huida posible, no hay escapatoria: humo, cadáveres, naufragios, un ejército de muertos rodeando la casa, junto a la playa, y expandiéndose por todos lados, ejecutando su siniestra misión. En la parte superior del cuadro queda marcada una naturaleza completamente asolada. Los vivos quedan cercados por los muertos, cuya infantería y caballería ejecutan inapelablemente su plan. El triunfo de la muerte queda desbordado por una desoladora  actividad.

Toda la pintura queda marcada por la tortura y la devastación, la violencia y la muerte. A pesar de que vemos varias cruces en la superficie del cuadro no tenemos rastro de Dios, sólo una inexorable aniquilación está presente.

Unas campanas anuncian el fin del mundo mientras, más abajo, un grupo de esqueletos togados, tocan las fanfarrias. El rey, en el extremo inferior izquierdo de la pintura, también ha caído; sobre él, uno de los esqueletos sostiene un reloj de arena, como mostrando que el tiempo ha llegado a su fin.

En el extremo opuesto dos enamorados, para quienes un esqueleto tañe el laúd, parecen ajenos a todo lo que ocurre; la muerte no les ha tocado, como si hubieran sido adoptados por aquel principio calvinista de que Dios decide quiénes se salvan y quiénes no.

Ante las puertas del mismísimo infierno, hombres y mujeres huyen, entrando, bajo el signo de la cruz, en un túnel semejante a un ataúd, mientras son perseguidos por una muerte que, como jinete del apocalipsis, galopa blandiendo su categórica guadaña.

La gula, la lujuria, la codicia, están presentes, como también lo están la Monarquía, la Iglesia y los demás órdenes sociales. Es una clara afirmación de que toda vida es perecedera.

El triunfo de la muerte es la representación de la bárbara orgía de la desigual batalla librada entre vida y muerte, existencia y aniquilación; el recordatorio de que, como afirmó Heidegger, el hombre es un ser para la muerte.

 

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