La reputación de la audiencia.

Hagamos un breve ejercicio para comenzar: coge –si no eres argentino; si lo eres, tómalo- cualquier medio orgánico de comunicación política, es decir, lo que antes llamábamos periódico. Da un vistazo rápido a los titulares. Impresión: los políticos del partido tal son unos golfos, los nuestros luchan por los derechos, las libertades y todos esos conceptos que pueblan los libros de filosofía política y del derecho y que nadie lee porque ya el tribulete de turno nos dará el resumen apropiado sobre lo que significa.

Reed Richards

Reed Richards, Los 4 fantásticos.

Hay medios de comunicación que son auténtico martillo de herejes, cuyo proceder se aleja por completo de la misión del periodismo y sencillamente utilizan su fuerza comunicativa para intentar destrozar al rival político. Y a los políticos se les descoyunta atacando el sistema muscular de la reputación. Claro que, por otra parte, para ser político en esta vergonzante España, parece que es conditio sine que non ser como aquel viejo superhéroe de Marvel –Reed Richards– cuyos miembros se estiraban siempre que lo necesitaba, hecho éste que a mí, a priori, se me antoja muy conveniente.

Si uno ojea en la web de un periódico cualquiera la sección de noticias más leídas podrá comprobar que en la mayoría de casos las que aparecen son aquéllas relacionadas con el sexo y con la muerte y, por una cuestión de transversalidad, suelen estar asimismo las declaraciones de los ministros de Economía y Hacienda: nos joderán hasta que nos maten. Quiero decir con esto que no son los periódicos el medio por que el vulgo se suele informar. No. El hispanis vulgaris usa para tales menesteres la televisión. Y una vez captado por la caja tonta busca el producto más tonto, que no es un telediario sino un magazine, donde ni hay magos ni se habla de cine, o aún peor un debate.

para un descosido y para un roto

Para un roto y para un descosido.

El magazine ha creado una fauna propia, el contertulio, que sabe absolutamente de todo porque ha sido mirado por el ojo de Zeus. Así que a las 10:00 tenemos a una manada de contertulios hablando sobre terrorismo con un, ahora sí, un auténtico experto en la materia, y a las 11:00 la manada está con otro experto en, pongamos por caso, la estética de mercadillo de la hija de tal tonadillera. Y todo, el experto en esto y el experto en lo otro, vale lo mismo, porque liderando la manada estará la omnipresente pieza alfa del grupo, quien lidera e incluso da nombre al programa, quien lo produce, quien se pone gafas para el primer evento y se las quita para el segundo, alguien que quizá fue periodista en el Pleistoceno, y a quien el aborregado pueblo español, mimetizando el comportamiento de las mercenarias huestes de la opinión, denomina “maestro de periodistas”.

Cuando nos hablan de terrorismo se utiliza un espacio y cuando se trata de la hija de tal, otro. Otro espacio, pero también otro mobiliario. Una mesa “de telediario” para el primero, en la que los asistentes son mostrados de pecho hacia arriba para que vayamos asumiendo que no nos enseñan las piernas por el mismo tipo de impudicia que no nos enseñan la verdad. En el caso de la hija de suelen sentarse en mullidos sillones y sofás, y nos los muestran de cuerpo entero y ahí sí, ahí van a por todas.

Pues bien, en este tipo de programas, entre terroristas e hijos de nos colocan de matute a los políticos y ahí, el político y el maestro de periodistas, estiran y contraen sus musculaturas en entrevistas amables pensadas para el lucimiento de ambos, y en las que entre col económica y col política nos colocan la lechuga humana: qué desayunan, con quién toman las cervezas, qué están leyendo, o cuándo fue la última vez que fueron al cine.

Y qué podríamos decir de los debates políticos. Pues personalmente opino (para eso es mi blog) que se parecen más a una pelea de mujeres en el barro que a un intercambio libre y educado de pareceres. Cuentan más las bajas pasiones, los malos modos y las medias verdades que ninguna otra cosa, porque su pretensión no es siquiera la victoria, aun inmediata y momentánea, sino la derrota del rival y, por supuesto, vale llevar las cosas al terreno personal, porque la persona, ahí, representa a su Partido, y el dardo lanzado aunque quede clavado en el corazón del enemigo hará sangrar el pecho del Partido.

todos

Cada uno con los suyos.

En fin, que cuando uno empieza a pensar en la reputación de los políticos va derivando a cuáles son los amplificadores de la misma y se encuentra con los medios de comunicación. Si, sobre éstos, decides mirar algunos detalles de los que están a la vista de inmediato observas que hay potentes lazos genéticos entre lo político y lo mediático, tantos que parecen mellizos. Claro, ahora, para ser un poco honesto –no en exceso porque en España ya pasó esa moda- habría que preguntarse por el sostén de los medios, y es aquí donde llegamos al punto de incomodidad que nadie quiere afrontar de verdad; los medios de comunicación sólo viven porque dan lo que las buenas gentes quieren consumir: sexo, poder, muerte, morbo,…, pero de vez en cuando, sin abusar, queremos ponernos las gafas de pensar y mostrarnos un poco más inteligentes, y entonces es cuando nos ofrecen una entrevista con un experto en materia de no-casquería. Así que, en resumen, la reputación de los políticos y, por extensión, de la política no es algo que se construya unívocamente en el terreno propio, sino que está íntimamente relacionado y en dependencia de los medios de comunicación y éstos, a su vez, del público, al que para desherrar de carga cívica y ciudadana, llamamos audiencia. La reputación de la política es la reputación de la audiencia, o sea, del público, o sea de la ciudadanía.