Luigi Pirandello: “¡Pobre del que un buen día…”.

Luigi Pirandello: “¡Pobre del que un buen día se vea marcado por una de esas palabras que todos repiten! Por ejemplo: «¡loco!»; o por ejemplo… ¿qué podría decir?… «imbécil». Decidme, ¿es posible estarse quieto pensando que hay alguien, tan sólo uno, que se afana por convencer a los demás de que sois como él os ve, e intenta fijaros en la estimación ajena, según el juicio que se ha hecho de vosotros?”.

Enrique IV.

M. El vampiro de Dusseldorf. (“M”). Fritz Lang, 1931.

M. El vampiro de Dusseldorf., de Fritz Lang (1931).

Un asesino en serie anda suelto. Ha matado ya a ocho niños; el miedo, la sospecha, la paranoia, han sido sembrados en la ciudad. Ante la inoperancia policial y por el daño causado al mundo del hampa, con continuas redadas a la caza y captura del asesino, es ese hampa, como sociedad perfectamente organizada, quien decide buscar, capturar y enjuiciar al asesino. Aparece aquí el mundo delincuencial como un orden social, con sus estratos, con su ley y con su propio criterio de justicia.

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Anatomía de un asesinato (“Anatomy of a murder”). Otto Preminger, 1959.

Anatomía de un asesinato.

Esta película gira entorno a una violación y un asesinato por “envenenamiento de plomo”. El abogado Paul Biegler se hace cargo de la defensa y en primer término debe conseguir una percha legal donde colgar la argumentación. “Un asesinato se defiende de cuatro formas. Número uno, no fue asesinato, fue suicidio o accidente. Número dos, usted no le asesinó. Número tres, estaba justificado, lo hizo para proteger su hogar o fue en defensa propia. Número cuatro, matarlo puede excusarle”. Cuando su defendido dice que “debía estar loco cuando cometió el crimen” encuentra la percha que necesita: la  locura transitoria.
Otto Preminger, el director, buscó intensamente en la década de los 50 un acercamiento al cine analítico. Y quizá es en esta película donde lo consigue con mayor éxito, puesto que, además, el tema, el proceso judicial, se lo pone en bandeja. La precisión y el detalle con que Preminger desgrana la acción es propiamente una lección de anatomía cinematográfica; todo está perfectamente pulido. Y ello sin perder un ápice de coherencia narrativa. Partiendo de un guión soberbio, Preminger dirige con una rotundidad impecable esta película. Además, una de las cosas que más me gusta película es cómo cuida la introducción de los personajes, con auténtico mimo.

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Matar a un ruiseñor (“To kill a mockingbird”). Robert Mulligan, 1962.

Matar a un ruiseñor.

Comienzo por el principio: los títulos de crédito. Que maravilla; esos objetos que se nos muestran nos ofrecen la clave de la película: los recuerdos desde una visión infantil. “Matar a un ruiseñor” esta narrada desde el punto de vista de la hija del protagonista; desde sus recuerdos, ya adulta. Nos encontramos pues con una mirada inocente sobre los hechos que se relatan.

“Que no olvidase que matar a un ruiseñor era un grave pecado” porque “los ruiseñores no hacen otra cosa que cantar para regalarnos el oído”.

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