Durante siglos, el Imperio chino se contempló a sí mismo como el centro de la civilización. Un universo ordenado por el mandato celestial, sostenido por la jerarquía confuciana y el equilibrio ritual. Pero hacia mediados del siglo XIX aquel espejo empezó a resquebrajarse. Lo que hasta entonces había sido una potencia autosuficiente, inmensa y segura de su lugar en el mundo, comenzó a verse reflejada en un cristal ajeno: el de Occidente. En esa superficie pulida por el vapor, el hierro y la pólvora, el Imperio de jade descubrió su propio anacronismo.
La dinastía Qing, fundada en 1644 por los manchúes sobre los escombros de los Ming, había logrado consolidar un orden vasto y eficaz. Su estructura administrativa, heredera en parte del modelo anterior, se extendía desde el desierto de Mongolia hasta las riberas del Cantón. Sin embargo, bajo esa apariencia de solidez dormía una fragilidad larvada: un sistema cerrado, reacio a las transformaciones técnicas y políticas que en Europa estaban alterando el curso del mundo. Durante el reinado del emperador Kangxi, y más tarde bajo Qianlong, la corte se convenció de haber alcanzado la perfección institucional. Aquel convencimiento sería su ruina.
El siglo XIX golpeó a China con la violencia de una evidencia: el mundo había cambiado. Inglaterra, fortalecida por la Revolución Industrial, buscaba nuevos mercados para sus productos y un equilibrio favorable en la balanza comercial. El comercio del opio, que los británicos impondrían con la lógica implacable de la rentabilidad, fue la primera grieta del coloso. Las guerras del opio (1839-1842 y 1856-1860) sellaron una derrota doble: militar y simbólica. Los cañones de vapor del Támesis se impusieron a las flotas imperiales que aún confiaban en los vientos del monzón. El Tratado de Nankín de 1842 abrió los puertos chinos al comercio extranjero, entregó Hong Kong y consagró la noción humillante de los “tratados desiguales”. Desde entonces, la palabra soberanía perdió su significado tradicional en el lenguaje del Celeste Imperio.
A partir de ese momento, la corte Qing osciló entre el desconcierto y la resignación. El viejo orden confuciano, sustentado en el examen imperial y en la autoridad moral del trono, ya no podía contener las presiones internas ni las injerencias externas. Los burócratas discutían sobre la necesidad de aprender de Occidente sin parecer occidentales. Las reformas técnicas eran vistas con sospecha, los ferrocarriles considerados una ofensa al feng shui, y la diplomacia europea un artificio impropio de quienes se sabían herederos de un mandato celeste.
El nombre que mejor encarna esa contradicción es el de la emperatriz viuda Cixi. Llegó al poder en 1861 tras un golpe palaciego y lo retuvo, con una mezcla de astucia y desconfianza, durante casi medio siglo. En su figura se concentraron los temores de una civilización que intentaba sobrevivir sin transformarse. Cixi modernizó a su manera: promovió arsenales, envió estudiantes al extranjero y permitió la introducción de algunas instituciones occidentales; pero cada avance se vio seguido de un repliegue. Su política osciló entre el impulso reformista y el instinto de preservación. Gobernó en un tiempo en que las derrotas militares ya no se contaban: tras la guerra franco-china de 1884-1885, conocida como el conflicto de Tonkín, Pekín se vio obligado a reconocer el protectorado francés sobre Vietnam, y pocos años después la guerra chino-japonesa de 1894-1895 fue un desastre aún más devastador. Japón había comprendido antes que China la necesidad de occidentalizarse. El Tratado de Shimonoseki obligó a ceder Taiwán y reconocer la independencia de Corea. Aquella cesión fue vivida como una herida nacional, y la humillación alimentó un resentimiento que pronto se transformaría en revuelta.
El Imperio de jade se hundía en un mar de concesiones. Las potencias europeas, seguras de su superioridad industrial, se repartían las costas chinas como si fueran piezas de un mapa colonial. Alemania obtenía Shandong, Rusia avanzaba sobre Manchuria, Inglaterra consolidaba su influencia en Hong Kong y Birmania. En las ciudades portuarias, los consulados extranjeros imponían su propia jurisdicción. Un británico podía delinquir en Shanghái sin temer a la justicia del emperador. Era el signo más visible de la pérdida de soberanía: la cláusula de extraterritorialidad convertía a China en un escenario donde las leyes nacionales quedaban suspendidas.
En ese ambiente de humillación y crisis surgió la Rebelión de los Bóxers. Fue un estallido de orgullo herido y superstición milenaria, una mezcla de misticismo marcial y nacionalismo primitivo. Los bóxers, campesinos y jóvenes del norte, creían que la práctica de sus artes les haría invulnerables a las balas. Su lema —“apoya a los Qing, destruye a los extranjeros”— condensaba la paradoja del momento: defender una dinastía manchú, considerada extranjera, en nombre de una China amenazada por extranjeros. En el verano de 1900, Pekín se convirtió en un campo de asedio. Las legaciones europeas fueron rodeadas, y durante semanas el mundo pareció contener la respiración ante el eco de las murallas. Finalmente, una coalición de tropas occidentales y japonesas irrumpió en la capital. La derrota fue inmediata, el castigo ejemplar. El Protocolo Bóxer de 1901 impuso indemnizaciones exorbitantes y permitió el estacionamiento permanente de tropas extranjeras en la capital. El Imperio de jade, humillado ante su propio pueblo, entraba en la agonía.
Los últimos años de Cixi estuvieron marcados por la simulación de una reforma. Se abolieron los exámenes imperiales en 1905, símbolo de un sistema que había perdido sentido; se anunció una Constitución que jamás se aplicaría; se crearon asambleas provinciales en 1909 donde solo votó una minoría ínfima. Todo parecía llegar tarde, como un eco de un mundo ya vencido. En los campos, la miseria se agravaba; en las ciudades, los intelectuales traducían textos de Rousseau y de Spencer mientras soñaban con la regeneración nacional. La palabra “república” comenzaba a circular entre los estudiantes. Era el signo de una era que buscaba su lenguaje.
Entre las figuras que encarnaron esa búsqueda destaca Sun Yat-sen. Médico formado en el extranjero, cristiano y cosmopolita, representaba la antítesis del mandarín confuciano. Su proyecto unía idealismo y pragmatismo: acabar con la dinastía, construir una república y restaurar la dignidad nacional. Fundó en 1905 la Alianza Revolucionaria (Tongmenghui) en Tokio, desde el exilio. A lo largo de una década conspiró, fracasó y volvió a conspirar. Su destino se cruzó con el de Yuan Shikai, general de la vieja guardia imperial, ambicioso y ambiguo. En octubre de 1911, una explosión accidental en Wuhan desató la chispa que incendió al Imperio: las guarniciones del sur se sublevaron, proclamaron su independencia y exigieron la caída de los Qing. La rebelión se extendió como un incendio en los arrozales. Sin medios para reprimirla, la corte recurrió a Yuan Shikai. Este, calculador, negoció con los revolucionarios y forzó la abdicación del último emperador, el niño Puyi, en febrero de 1912. Así se cerraban más de dos mil años de monarquía.
El fin de los Qing no fue solo el derrumbe de una dinastía, sino el colapso de un universo mental. Desaparecía una forma de entender el tiempo y la autoridad, una visión jerárquica del mundo en la que el orden político se concebía como reflejo del orden cósmico. La llegada de la república trajo consigo una fiebre de occidentalización: el calendario gregoriano reemplazó al lunar, las trenzas manchúes fueron cortadas, los jóvenes vistieron trajes europeos y las mujeres comenzaron a desatar los pies que durante siglos habían simbolizado su confinamiento. Los signos exteriores del cambio parecían prometer una regeneración profunda, pero la herida interior seguía abierta.
En realidad, el espejo de Occidente no devolvía una imagen nítida, sino un reflejo fragmentado. China se reconocía en él con una mezcla de fascinación y repulsa. De Occidente provenían la técnica, la ciencia, el ferrocarril, el telégrafo; pero también la opresión, la deuda y la humillación. Esa ambivalencia marcaría toda la modernidad china: un esfuerzo por apropiarse del poder material del extranjero sin renunciar a la esencia propia. El resultado fue una tensión perpetua entre tradición y cambio.
Al mirar hacia el final de los Qing, no puede hablarse solo de decadencia. Hubo en aquella agonía una evidencia amarga: la comprensión de que ningún imperio es eterno, de que incluso la civilización más antigua necesita renovarse para sobrevivir. Cixi, los bóxers, Sun Yat-sen -cada uno a su modo- fueron rostros de ese tránsito, eslabones entre un mundo que moría y otro que apenas comenzaba a gestarse.
La historia rara vez concede finales limpios: el crepúsculo de los Qing fue también el amanecer convulso de la China moderna.