A comienzos del siglo XX, el Imperio Chino vivía sus horas más sombrías. Las murallas que durante siglos habían protegido al Celeste Imperio ya no servían de defensa frente a los cañones modernos, y el mundo exterior había dejado de ser un rumor distante. Las potencias europeas, respaldadas por su superioridad técnica e industrial, habían convertido a China en un tablero de concesiones, una tierra abierta a los intereses ajenos. En ese escenario humillante, marcado por la derrota y la impotencia, surgió un movimiento que pretendió devolver al país su dignidad perdida. La historia lo recordaría como la Rebelión de los Bóxers, una explosión de fervor nacionalista, desesperación rural y misticismo milenario que, entre 1900 y 1901, sumió al Imperio de jade en un nuevo abismo.

La raíz del levantamiento hunde sus orígenes en la larga serie de crisis que acompañaron el ocaso de la dinastía Qing. Las Guerras del Opio habían abierto las puertas del país a la dominación extranjera. Tras el Tratado de Nankín (1842) y el de Tianjin (1858), los británicos, franceses, rusos, alemanes y japoneses impusieron su presencia económica y militar sobre un gobierno debilitado. Los tratados desiguales, la pérdida de territorios y las indemnizaciones de guerra habían reducido la autoridad imperial a un papel casi ceremonial. En los puertos, los extranjeros gozaban de extraterritorialidad, lo que significaba que no podían ser juzgados por las leyes chinas. En las provincias costeras, los misioneros cristianos se multiplicaban bajo la protección de las potencias europeas y sus comunidades crecían al margen del control imperial. Para el pueblo llano, aquello era la evidencia de una invasión espiritual y moral, una afrenta al equilibrio ancestral del mundo.

En los campos del norte, la miseria era el otro rostro de la humillación. Las sequías prolongadas, las hambrunas y la corrupción de los funcionarios habían arrasado las aldeas. Los campesinos, desposeídos y resentidos, se refugiaban en sociedades secretas que mezclaban artes marciales, creencias taoístas y un nacionalismo instintivo. Entre ellas destacaba la Hermandad de los Puños Justos y Armoniosos (Yihequan), cuyos miembros creían que la práctica ritual del combate los hacía invulnerables a las balas. De esa mezcla de fe y desesperación nació el nombre con que serían conocidos en Occidente: los “Bóxers”. Su lema era simple y feroz: “Apoya a los Qing, destruye a los extranjeros”.

La paradoja era evidente. Aquellos hombres que clamaban contra el extranjero defendían a una dinastía que ellos mismos consideraban ajena: los Qing eran manchúes, un pueblo del norte que había conquistado China en 1644. Sin embargo, el odio al extranjero pesaba más que el resentimiento étnico. En el fondo, la Rebelión de los Bóxers fue una insurrección contra el tiempo: una revuelta de los viejos dioses, de la tierra y de la tradición, frente al avance irreversible del mundo moderno.

El movimiento se expandió con rapidez. A partir de 1898, las noticias de milagros y prodigios -campesinos que detenían balas, guerreros que caminaban sobre el fuego- recorrieron las aldeas del norte. Los templos fueron reabiertos como cuarteles improvisados; las imágenes de Buda y de los dioses tutelares se mezclaban con amuletos contra el demonio occidental. En poco tiempo, las columnas de bóxers empezaron a atacar misiones cristianas, iglesias y ferrocarriles, símbolos todos de una presencia extranjera que percibían como maligna. Las matanzas de conversos chinos -a quienes consideraban traidores- se multiplicaron en las provincias de Shandong y Zhili.

En Pekín, la corte de la emperatriz viuda Cixi observaba con una mezcla de temor y esperanza. La regente, envejecida y desconfiada, había visto fracasar una tras otra las reformas que prometían modernizar el país. Su poder se tambaleaba ante la presión de las potencias extranjeras y las tensiones internas. Al principio, Cixi trató de reprimir a los bóxers, pero pronto comprendió que podía utilizarlos. En un gesto tan desesperado como calculado, decidió apoyar el movimiento, interpretándolo como una expresión de patriotismo popular. El 21 de junio de 1900, la corte declaró la guerra a las potencias occidentales. Era una decisión suicida: el Imperio, atrasado y dividido, se enfrentaba a la fuerza combinada de ocho naciones.

Los acontecimientos se precipitaron. En la capital, los bóxers y las tropas imperiales sitiaron el barrio de las legaciones, donde se habían refugiado diplomáticos, comerciantes y misioneros. Durante casi dos meses, Pekín vivió bajo el eco de los cañones y el miedo. Los diarios de los sitiados, conservados por testigos como el diplomático estadounidense Herbert Hoover, relatan la tensión asfixiante de aquellos días: la ciudad convertida en ruina, los incendios nocturnos, los templos saqueados, los gritos de los fanáticos que proclamaban la inminente expulsión de los demonios blancos.

El asedio de las legaciones se convirtió en el símbolo de un choque de civilizaciones. Para los europeos, era la barbarie irracional del Oriente que se resistía al progreso; para los chinos, el intento último de expulsar al invasor que había profanado su tierra. Mientras tanto, en Tianjin, una coalición internacional formada por Gran Bretaña, Francia, Alemania, Rusia, Japón, Estados Unidos, Austria-Hungría e Italia organizaba una expedición de socorro. En agosto de 1900, el ejército aliado -más de veinte mil hombres- avanzó hacia Pekín, arrasando aldeas y ejecutando a los sospechosos de simpatizar con los bóxers. El 14 de agosto, las tropas extranjeras tomaron la capital. La resistencia se derrumbó. Los bóxers fueron perseguidos y ejecutados sin juicio; Cixi huyó disfrazada de campesina hacia Xi’an. El Imperio, una vez más, había sido derrotado.

Las consecuencias del desastre fueron ruinosas. En septiembre de 1901, el Protocolo Bóxer impuso a China una indemnización colosal de 450 millones de taeles de plata, pagaderos en treinta y nueve años, con intereses. Pekín debía permitir el estacionamiento permanente de tropas extranjeras y ejecutar a los funcionarios que habían apoyado el levantamiento. Se destruyeron fortificaciones, se prohibieron las importaciones de armas y se suprimieron los exámenes imperiales en las regiones rebeldes. Era un castigo ejemplar, destinado a recordar al mundo quién mandaba en Asia. El Celeste Imperio se convirtió, de hecho, en un protectorado informal de las potencias occidentales.

Para la sociedad china, la derrota tuvo un significado más profundo. El sueño de expulsar al extranjero terminó en una humillación aún mayor, y la fe en el poder del trono se evaporó. Cixi regresó a Pekín en 1902, consciente de que su autoridad ya no se sostenía más que en la inercia. Los intelectuales, desengañados, concluyeron que la raíz del problema no era el extranjero, sino el propio sistema imperial. En los años siguientes, el discurso reformista se transformó en abiertamente revolucionario. El fracaso de los bóxers, lejos de extinguir la llama del nacionalismo, la avivó. El odio al invasor se convirtió en deseo de regeneración, y la idea de una China nueva, libre y moderna, comenzó a tomar cuerpo.

La Rebelión de los Bóxers fue, en último término, un intento desesperado de resistir al tiempo. Fue la última erupción de un mundo que se negaba a desaparecer, el eco tardío de una civilización que aún creía que podía conjurar su destino a través de la fuerza espiritual. Pero también fue una advertencia: mostraba hasta qué punto la mezcla de orgullo y atraso podía ser letal. Tras los incendios de Pekín, ya nada volvería a ser igual. La palabra “imperio” había perdido su poder de convocar obediencia.

Una década más tarde, en 1911, los cañones de otra rebelión -la que encabezó Sun Yat-sen- derribaría definitivamente a los Qing. Pero el recuerdo de los bóxers seguiría presente, como símbolo ambiguo de la resistencia y del fracaso. En ellos confluyeron la rabia y la fe, la ignorancia y el heroísmo, la voluntad de salvar a China y la imposibilidad de hacerlo con los métodos del pasado. Su derrota anunció el nacimiento doloroso de la China moderna, esa nación que aún se debate entre la fascinación y el recelo hacia el mundo que la humilló.

Porque, al final, la Rebelión de los Bóxers no fue solo una guerra contra los extranjeros. Fue el espejo oscuro en el que el Imperio vio su rostro envejecido, comprendiendo que el verdadero enemigo no estaba más allá de las murallas, sino dentro de ellas: la obstinación de un orden que ya no sabía vivir en el siglo que comenzaba.