Hay palabras que no describen: señalan. Fascista es una de ellas. Nació con un contenido histórico preciso -un movimiento político concreto, un tiempo, una liturgia, una violencia organizada- y ha terminado convertida en un gesto. Ya no nombra; apunta con el dedo.
Durante décadas, fascista designaba algo muy preciso y vinculado a experiencias históricas muy concretas. El término remitía a un régimen, a una doctrina, a un método. Implicaba partido único, culto al líder, militarización de la sociedad, eliminación del adversario y una concepción orgánica del Estado que absorbía al individuo. Era un concepto con fronteras definidas. Era, también, una palabra pesada, una palabra con botas de acero.
Hoy, en cambio, circula como moneda inflacionaria. Se ha convertido en un recurso retórico que se aplica a quien discrepa, a quien incomoda, a quien no adopta el tono correcto. No hace falta que haya camisas negras ni escuadras: basta con disentir de la consigna dominante. El término ha perdido densidad histórica y ha ganado utilidad táctica.
El mecanismo es simple. Llamar fascista a alguien evita discutir con él. No refuta una idea: invalida moralmente al designado. No entra en el terreno del argumento: clausura el debate. Es una palabra-puerta que se cierra de golpe. Ya no se discutirá la validez de una idea, sino la supuesta inmoralidad del interlocutor. Si eres etiquetado como fascista estás automáticamente fuera de los límites aceptables; y si estás fuera no mereces argumentación. Pura economía retórica.
Lo paradójico es que este uso de la palabra en cuestión reproduce una lógica profundamente autoritaria. Si fascista es todo lo que no coincide conmigo, entonces el pluralismo se vuelve sospechoso y la discrepancia, un síntoma de desviación. La palabra que nació para denunciar el totalitarismo acaba sirviendo para practicar una versión minusválida del mismo: la exclusión simbólica del espacio político, y para algunos -muchos- del espacio social. Corrosión democrática, sin más.
Hay además un daño colateral. Cuando todo es fascismo, nada lo es. El término pierde capacidad para alertar cuando aparece lo que de verdad merece ese nombre. La palabra se va gastando en usos triviales. Se desactiva la alarma por abuso, por desgaste semántico.
Recuperar el sentido de fascista no es blanquearlo ni relativizarlo. Es, precisamente, lo contrario: devolverle su gravedad y garantizar su capacidad para alertar. Usarlo cuando corresponde, con precisión y memoria. Aceptar que no toda dureza es fascismo, ni toda autoridad, ni toda norma, ni toda opinión incómoda. Y asumir que la democracia -si quiere seguir siéndolo- necesita palabras que sirvan para pensar, para distinguir y para analizar: no solo para expulsar.
Cuando las palabra se convierten en proyectiles dejan de ser instrumentos de comprensión y se convierten en mecanismos de agresión. Cuando el lenguaje se convierte en arma arrojadiza, el pensamiento, que necesita matices y precisión, suele ser la primera víctima. Y después, casi siempre, vienen las demás: la confianza, la deliberación, la convivencia.
Antes de pronunciar fascista convendría recordar que no es un argumento, es una acusación. Y cuando las acusaciones sustituyen a las razones, lo que se empobrece no es solo el lenguaje. Es la vida pública. Y, con ella, la posibilidad misma de disentir sin miedo.