Hubo un tiempo breve -como todos los tiempos sensatos- en que la intolerancia se llamaba intolerancia. Era una palabra clara, directa, sin maquillaje: implicaba rechazo, negación, límite. No hacía falta adornarla ni envolverla en una retórica de manual. Uno decía “no tolero esto” y la frase quedaba suspendida en el aire con toda su carga de firmeza y de incomodidad.
Pero llegó la época de los eslóganes y alguien decidió que la intolerancia era demasiado intolerante. Había que encontrar una fórmula más elegante, más presentable, menos áspera. Y así nació la expresión “tolerancia cero”, una de esas criaturas lingüísticas que parecen pensadas para no decir lo que dicen.
Porque, en efecto, tolerancia cero significa exactamente lo mismo que intolerancia. Ni más ni menos. Solo que suena mejor.
La diferencia no es semántica, es estética. “Intolerancia” evoca rigidez, cerrazón, incluso cierta brutalidad. “Tolerancia cero”, en cambio, tiene un aire casi higiénico. Parece una medida, un protocolo, una política pública. No remite a una actitud emocional, sino a un estándar. No es una reacción, es una norma. Y en ese desplazamiento se esconde todo su éxito.
La expresión funciona como una paradoja bien construida: combina una palabra positiva -tolerancia- con una cifra negativa -cero-. El resultado es una especie de ecuación moral que tranquiliza al hablante. No se está siendo intolerante; se está aplicando un nivel de tolerancia que, casualmente, coincide con la inexistencia. Es un truco limpio. Una forma de negar sin parecer que se niega. De ahí su fulgurante éxito. Hay tolerancia cero con la violencia, con la corrupción, con el acoso, con el fraude, con el dopaje, con el ruido, con el humo, con el incivismo y, por supuesto, con el pensamiento ajeno.
Lo interesante no es tanto el contenido -que suele ser razonable- como la forma. Porque nadie discute que haya cosas que no deban tolerarse. El problema es por qué necesitamos decirlo así.
¿Por qué no basta con afirmar “esto no se tolera”?
¿Por qué la negación directa ha sido sustituida por esta fórmula algebraica?
Pues, porque hemos perdido la confianza en las palabras simples.
Decir “soy intolerante con esto” obliga a asumir una posición. Decir “aplico tolerancia cero” permite esconderse detrás de un protocolo. Y, claro, en tiempos donde la responsabilidad individual queda diluida en estructuras, la segunda resulta infinitamente más cómoda.
“Tolerancia cero” no es una actitud, es una política.
No es una convicción, es una consigna.
Y tiene otra ventaja: elimina el margen de discusión. ¿Porqué? Por que la tolerancia, en su sentido clásico, implica gradación, matiz y capacidad de soportar lo que incomoda. Pero al añadirle ese “cero”, la convertimos en un interruptor. O todo o nada. O blanco o negro. O permitido o prohibido. La complejidad desaparece y el mundo se vuelve administrable.
La expresión es una forma de demostrar firmeza sin tener que argumentarla. Porque eso es, en última instancia: una escenificación de firmeza.
No se trata tanto de aplicar una política rigurosa como de mostrar que se está dispuesto a hacerlo. La expresión cumple una función performativa: no describe una acción, la anuncia. Y al anunciarla, genera la sensación de que el problema está bajo control: es el lenguaje como sustituto de la acción.
Declarar “tolerancia cero” sitúa automáticamente al hablante en el lado correcto. Es una forma de autoposicionamiento ético: quien lo dice no solo rechaza algo, sino que lo hace de manera absoluta, sin fisuras, sin dudas: es pureza verbal.
Pero a mí esa pureza siempre me ha parecido sospechosa. Porque la realidad rara vez funciona en términos de cero o cien. Las conductas humanas, los conflictos sociales, las decisiones políticas están llenas de matices, de zonas grises, de contradicciones. Y pretender gobernarlos con una expresión binaria es, como mínimo, una simplificación. Y, en bastantes casos, una coartada.
Tal vez algún día recuperemos la honestidad de las palabras simples. Tal vez volvamos a decir “esto no lo tolero” sin necesidad de envolverlo en un protocolo verbal. Tal vez entendamos que la claridad no siempre necesita adornos.
Hasta entonces, seguiremos aplicando tolerancia cero a casi todo, salvo, curiosamente, a la inflación del propio lenguaje.