El grito, Edvard Munch (1893).

el grito

Galería Nacional de Oslo, 91×74

¿Cómo poder expresar un grito a través de algo tan completamente ajeno al sonido como es la pintura? El grito es una expresión clara de angustia y terror: el terrible alarido que esa figura andrógina, parecida a una calavera, emite sobre un fondo que parece incendiado; esos colores, estridentes, que remarcan la fuerza expresiva, agresiva incluso, de la pintura.

Una desgraciada vida familiar -la muerte de su madre, cuando él tenia cinco años, y posteriormente, nueve años después, de su hermana Sophie- marcaron su vida y, naturalmente, su obra.

Munch preludia el movimiento expresionista, en el que, recordemos, la emoción predomina sobre las formas -se pretende pintar lo que se siente, no lo que se ve- para intentar conseguir mediante la composición y el color un fuerte impacto sobre el espectador. Sin duda El grito consigue sobradamente este objetivo.

La figura central de El grito, como salida de una pesadilla, da la espalda a la gente, al sol, al lago, a los barcos y a la iglesia, es decir, a la naturaleza y a la civilización, y nos mira a nosotros, espectadores, mostrándonos su aislamiento, un aislamiento remarcado por el hecho de que en las otras dos figuras humanas que aparecen en la pintura, predominan las líneas rectas frente a lo sinuoso de la figura protagonista.

Munch nos ofrece con El grito una impactante expresión del desequilibrio, de la soledad y de la alienación en un mundo presto a cambiar de siglo.

 

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