Panta rei.

Esta no es una historia universal, a pesar de que pudo ocurrir en casi cualquier ciudad del mundo.

J. deambulaba por sucios callejones, entre harapientos mendigos y envejecidas fulanas.

Definitivamente no era el mejor lugar para pasear. Las ratas corrían por los laterales del tristemente iluminado callejón; tanta basura había que para ellas debía ser un festín.

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X + Y > 1.

– ¡Aquí me las den todas!

Creo que la única vez que me he dicho eso a mí mismo andaba yo por los dieciocho años y estaba en un viejo piso de un barrio viejo de mi vieja Granada. Estaba yo allí con dos jóvenes universitarias, llamémoslas X e Y, y desde luego no estábamos ninguno interesado en resolver ecuaciones de segundo grado, aunque finalmente aprendí que x + y > 1.

Pero es cierto que hasta que esa obviedad se confirmó sobre las sábanas mi pensamiento no era capaz de ir más allá de un sencillo “¡aquí me las den todas!”. Luego te las dan, y te jodes, aunque también es cierto que quedas en la fila cero de un espectáculo sin igual, observando con gran atención y detenimiento la movilidad, la flexibilidad y la capacidad de torsión de aquellos jóvenes ejes de abcisa y ordenada, que brillaban para mí, pero entre ellos.

Por una vez asistí como observador a un laboratorio matemático. Después sólo quedaron desorden, olor y sueño.

Hambre de piel, sed de venganza.

I

– Ya ni recuerdo por qué carajo vine a este maldito pueblo. Lo de la chica sí que lo recuerdo, pero no me da la gana de decirle nada a este perro de la autoridad. Cree que pegándome me sacará la verdad; como si no estuviera acostumbrado desde niño a recibir golpizas de cada uno de los cabrones que se acostaban con mi madre. Como ella, soy buen encajador. ¡Perro!, como mucho me sacarás un poco de sangre y algunos dientes.

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