Hubo un tiempo en que uno se miraba al espejo. Hoy, se mira al algoritmo. Ya no te preguntas “¿quién soy?”, sino “¿qué alcance tuvo mi última publicación?”. La identidad se mide en engagement. El amor propio, en comentarios. Y la autoestima ha sido subcontratada a una inteligencia artificial.
Publicas una foto. No cualquiera: la correcta. Con un calculado equilibrio entre falsa espontaneidad y esfuerzo invisible. La subes con un pie de foto profundo (“a veces lo importante no se ve, pero se siente”) y esperas. Y entonces empieza el verdadero ritual contemporáneo: refrescar.
Y si el algoritmo te ignora, duele. Porque nadie dice esto en voz alta, pero todos lo sabemos: en la economía de la atención, ser ignorado equivale a no existir. Y entonces empiezas a pensar: ¿será la hora? ¿será la foto? ¿seré yo?
Algunos ingenuos culpan a sus seguidores. Los más versados saben que la clave no está en las personas, sino en Él: el Gran Hermano Digital, el que decide si tu contenido merece ser visto. Y ya sabemos, lo hemos comprobado, que el algoritmo no es justo ni transparente: es un dios pagano, cruel, caprichoso, que a veces te bendice y a veces te castiga.
Y como todos los dioses crueles, genera rituales. Gente que publica solo a las 7:33 de la mañana porque “es el mejor momento para la interacción orgánica”. Otros que eliminan publicaciones si no alcanzan los 100 likes en dos horas. Y los más devotos, que se hacen calendarios de contenidos, sesiones de fotos por lotes y cursos de neuromarketing emocional.
Pero lo peor de todo esto no es el esfuerzo, es la interiorización. Porque llega un momento en que ya no sabes si hiciste algo porque querías… o porque funcionaba. Si escribes así porque te gusta… o porque se comparte más. Si sonríes porque estás bien… o porque ya sabes que las publicaciones con sonrisas tienen más interacciones. Te conviertes en una especie de community manager de ti mismo.
Y entonces empiezas a buscar expertos en algoritmo. Reconocibles porque utilizan expresiones como “alcance orgánico” o “tiempo de retención”, y siempre empiezan sus frases con “lo que pasa es que…”.
Estos oráculos modernos aseguran que saben cómo piensa el algoritmo. Y claro, tú les crees. Porque necesitas creer. Así que compras su curso, su plantilla editable, su guía “10 claves para ser visible sin perder tu esencia” y su PDF con frases para stories que “humanizan la marca personal”. Lo estudias todo, como si fuera una doctrina secreta, esperando que al final aparezca la fórmula definitiva para que el mundo te vea, te quiera y te recompense con una validación masiva.
Y, simultáneamente, va surgiendo toda una industria a su alrededor. Coachs de visibilidad, mentores de posicionamiento, consultores de marca que analizan tu perfil como si fuera el horóscopo maya. Y todo ello en nombre del “contenido de valor”. El resultado es una especie de ansiedad expresiva permanente.
No puedes simplemente compartir algo: tienes que encontrar el ángulo, el storytelling, el insight. Un simple café se convierte en “una pausa para reconectar conmigo”, una foto del perro debe ir acompañada de una reflexión sobre lealtad, presente y bienestar emocional. Lo trivial se vuelve contenido. Y si no funciona ya vendrá otro gurú que te esputará en tu cara de gilipollas que el algoritmo no es tu enemigo, sino tu espejo, que si no creces es porque no te has alineado con tu mensaje.
La gran amenaza de la era algorítmica no es el anonimato: es la invisibilidad. Publicas, pero no apareces. Existes, pero no llegas. Te esfuerzas, pero nadie te ve. Es el nuevo infierno digital. Y entonces llega el pánico: la certeza de haber perdido el sitio en el ecosistema de la atención, la sensación de naufragar en el mar de la ansiedad, medida por KPIs.
Pero el algoritmo sigue su curso. Indiferente. Ni te premia por tu esfuerzo ni te castiga por tu ausencia. Simplemente te calcula. Y si no encajas, te borra del mapa sin necesidad de violencia.