El lenguaje contemporáneo padece una afición enfermiza por la hipérbole: todo se convierte en adicción, en apocalipsis o en porno. Hay algo sospechosamente cómodo en este tipo de metáforas, que sirven para señalar el exceso sin pensar demasiado en sus causas: llamar “porno” a cualquier cosa permite fingir que se hace una crítica cuando, en realidad, solo se lanza una consigna. El término provoca un escándalo instantáneo, suficiente para un titular, pero insuficiente para una reflexión.

He leído hoy un artículo que habla del fenómeno del porno inmobiliario como “un simulacro obsceno de lo que podría ser tu vida”, una frase sonora, pero tan exagerada que confunde el síntoma con la causa. Un anuncio de vivienda no es un simulacro obsceno: es marketing, aspiración, promesa. La obscenidad, si existe, no está en la piscina infinita, sino en el sistema que permite que unos naden en mármol mientras otros buscan refugio bajo un puente. Sin embargo, llamar pornografía a esa desigualdad es una maniobra retórica cómoda, una forma de vestir de escándalo lo que en realidad es un problema político.

Al usar el término porno, se equipara la simple contemplación de una casa con una forma de perversión y se convierte al espectador en cómplice moral del lujo que observa. ¿De verdad quien ve un ático en Idealista busca placer obsceno, o solo proyecta un deseo, una fantasía? Si toda curiosidad por lo ajeno es pornográfica, acabaremos transformando la experiencia humana en un catálogo de culpas visuales, donde mirar será pecado y la reflexión quedará sustituida por una consigna fácil. Para mi, lo pornográfico no es mirar, es dejar de pensar.

El éxito del término se explica por su enorme poder de contagio. Porno inmobiliario suena bien: combina denuncia moral con estética pop, tiene ritmo, morbo y una aparente profundidad que permite al emisor situarse, sin esfuerzo, en el lado luminoso de la crítica. Es una etiqueta que se pronuncia con la satisfacción de quien cree haber descubierto una obscenidad estructural con solo repetir una consigna. Pero, como todo exceso verbal, la metáfora se desgasta pronto. El lenguaje se vuelve un espejo deformante que confunde la representación con la realidad. Una fotografía de una mansión no genera desigualdad.

La pornografía implica cuerpos usados para el placer ajeno; la imagen inmobiliaria, en cambio, se limita a mostrar fachadas, estilos de vida, decorados. Equiparar ambas cosas no es una denuncia aguda, sino una renuncia al pensamiento: una forma de pereza intelectual que sustituye el análisis por el escándalo instantáneo y convierte el debate social en un gesto de indignación, a lo sumo, estética.

También he leído que el fenómeno “cosifica la vivienda, convirtiéndola en deseo en vez de derecho”. Suena potente este viejo concepto de la cosificación. Pero resulta que esta fórmula confunde dos planos que no deberían mezclarse. El derecho pertenece al ámbito del Estado, de la política, de lo que debe garantizarse; el deseo, en cambio, pertenece a la condición humana, a lo que nos impulsa, incluso cuando sabemos que no lo alcanzaremos. Uno no anula al otro. Desear una casa mejor no implica renunciar al derecho a una vivienda digna, del mismo modo que la existencia de pornografía no elimina la posibilidad del amor.

Las personas siempre han soñado con espacios más amplios, con luz natural, con un horizonte menos húmedo o con una puerta que cierre bien. La diferencia es que ahora ese deseo se formula en pantallas, con filtros, espectaculares imágenes aéreas y música de fondo. No hay nada nuevo -ni remotamente pornográfico- en imaginar una vida mejor; lo verdaderamente inquietante es la rapidez con que el discursito público ha aprendido a culpabilizar ese sueño y a disfrazar de crítica lo que, en el fondo, es simple envidia digital.

Paradójicamente, el término porno inmobiliario termina por convertirse en aquello que pretende denunciar: un simulacro de crítica, una representación del escándalo más que en una reflexión sobre sus causas. Los mismos medios que proclaman su repulsa hacia el espectáculo lo alimentan con galerías de imágenes, vídeos en alta definición y titulares diseñados para despertar el mismo morbo que dicen censurar. Se condena el exceso mientras se lo monetiza. Y así, compañeros y compañeras, el gesto de indignación se vuelve un producto visual más, una coreografía del descontento que genera clics y reafirma el propio sistema al que finge oponerse.

El moralismo mediático, como toda forma de puritanismo, acaba encontrando su propio placer: el de escandalizarse sin consecuencias. La metáfora de porno inmobiliario opera entonces como coartada: una forma de aparentar profundidad mientras se evita lo importante: la especulación, la ausencia de políticas públicas y la fragilidad del derecho a la vivienda. Denunciarlo no cuesta nada: no exige reformas, solo titulares ingeniosos y la satisfacción de sentirse lúcido desde la comodidad del sofá.

Al problema de la vivienda le sobran eufemismos sensacionalistas y metáforas supuestamente brillantes: necesita leyes eficaces, planificación seria, control del suelo, intervención pública y, sobre todo, una nueva comprensión del espacio como bien común.

Decir porno inmobiliario es, en realidad, una forma de no hablar de eso, de envolver la impotencia política en un adjetivo provocador.

Decir porno inmobiliario convierte un problema estructural en un gesto estético, una desigualdad en espectáculo moral.

La expresión porno inmobiliario no ilumina: distrae.