En el gran lienzo que domina una sala del Rijksmuseum, una compañía de arcabuceros parece detener el tiempo. No hay quietud en la escena, sino una vibración contenida: cuerpos que avanzan, miradas que se cruzan, luces que se abren paso en la penumbra. La ronda de noche, pintada por Rembrandt en 1642, no retrata un instante cualquiera, sino la propia respiración del Barroco: movimiento, contraste, vida.
La obra fue un encargo de la milicia cívica de Ámsterdam, los Kloveniers, en pleno Siglo de Oro neerlandés. Aquellos hombres representaban algo más que el orden urbano: eran el emblema de una república próspera, orgullosa de su independencia y de su fe en el trabajo. Rembrandt, lejos de ofrecer el retrato convencional que se esperaba -una alineación de figuras solemnes y satisfechas-, decidió insuflar alma y dinamismo al grupo. Lo que debía ser una fotografía del honor colectivo se convirtió en una escena cargada de energía y misterio.
En el centro, el capitán Frans Banning Cocq, vestido de negro, extiende la mano con autoridad. A su lado, el teniente Willem van Ruytenburch, envuelto en un resplandor dorado, parece encarnar la luz misma. Todo gira a su alrededor: un estallido de gestos, armas, tambores y rostros que emergen o se pierden en la sombra. El claroscuro de Rembrandt -esa alquimia que convierte la oscuridad en lenguaje- organiza el caos con una precisión casi musical.
Los cuerpos se desplazan, la niña rubia avanza entre los hombres con un gallo muerto en la cintura, símbolo de la milicia; el polvo parece flotar, la luz cae como una revelación.
Durante siglos se creyó que la escena transcurría de noche. No era así. La penumbra proviene del envejecimiento del barniz, pero la confusión resulta simbólica: esta ronda, aunque iluminada, pertenece a la sombra, al territorio donde la historia se mezcla con la leyenda.
Rembrandt llevó aquí su arte a un punto de ruptura. Cada figura tiene su gesto, su respiración; nadie es mero decorado. Las capas de pintura, alternadas entre finas transparencias y pinceladas densas, crean una textura casi táctil. La luz no se limita a revelar: narra, separa y une, dirige la mirada, da voz a lo invisible. En ella se reconoce la mano de un pintor que comprendió que el alma humana se expresa mejor en los márgenes de la claridad.
El éxito inicial no estuvo exento de malestar. Algunos de los retratados se sintieron relegados a la sombra, demasiado lejos del foco. No comprendieron que en esa sombra residía la vida misma. Rembrandt había roto las jerarquías y convertido el retrato colectivo en una historia coral. Con el tiempo, su audacia sería reconocida como una revolución silenciosa.
Hoy, La ronda de noche sigue siendo el corazón del arte neerlandés. Ha sobrevivido al tiempo, a los traslados, a los intentos de destrucción y a la fatiga de la mirada. En 2019, el Rijksmuseum emprendió una restauración minuciosa, casi quirúrgica, para descifrar sus secretos.
Más allá de su perfección técnica, esta obra habla de la comunidad y del individuo, de la luz y del orden que cada sociedad intenta sostener frente al caos. La ronda que emprenden estos hombres es también la nuestra: una vigilia contra la oscuridad.
Rembrandt, que entendía el alma como un territorio de claroscuros, nos dejó aquí su declaración más poderosa: la humanidad se define por su búsqueda de luz. Y esa búsqueda nunca termina.