Violencia sin jerarquía: la mutación del terrorismo en sociedades fragmentadas

Durante mucho tiempo la palabra terrorismo evocaba imágenes conocidas: organizaciones clandestinas, células estructuradas, comunicados, símbolos reconocibles y una estrategia orientada a negociar desde la violencia. Aquella lógica permitía, al menos en apariencia, identificar frentes, estructuras de mando y objetivos políticos definidos. Hoy, sin embargo, el panorama se ha transformado de manera radical. La violencia terrorista ya no necesita organización formal para existir. Le basta con un individuo radicalizado, un relato consumido en soledad y un entorno informativo dispuesto a amplificar el impacto.

La transición desde el terrorismo clásico hacia amenazas descentralizadas no es solo un cambio táctico. También tiene que ver con el cambio cultural. El centro de gravedad se desplaza de la organización al individuo, del grupo jerarquizado al sujeto aislado, de la estrategia prolongada al estallido puntual. Esta transformación descoloca a los sistemas de seguridad, diseñados para perseguir estructuras, no impulsos.

En los modelos tradicionales, la radicalización era un proceso gradual que implicaba socialización, adiestramiento y pertenencia. Requería tiempo, interacción y una identidad colectiva clara. En la actualidad, ese trayecto puede comprimirse drásticamente. El acceso constante a contenidos extremistas permite que la adhesión ideológica se produzca sin mediación humana. El individuo se radicaliza solo, frente a una pantalla, en una esfera donde nadie contradice sus convicciones y donde la narrativa se refuerza sin fricción.

El yihadismo fue pionero en esta adaptación. Ante la pérdida de territorios y estructuras visibles, el discurso se replegó hacia lo simbólico. La figura del combatiente dio paso a la del creyente legitimado para actuar sin órdenes. El atentado dejó de ser parte de una campaña organizada para convertirse en un gesto individual de fidelidad ideológica. La violencia se atomizaba, pero no perdía capacidad de desestabilización.

Este modelo ha sido también adoptado por otros extremismos. Ideologías antagónicas comparten hoy mecanismos similares de captación y refuerzo. Se alimentan de agravios -reales o amplificados-, construyen identidades negativas -definidas por el enemigo- y prometen restitución moral a través del acto violento. La radicalización deja de depender de consignas complejas y se apoya en relatos simples, emocionales y excluyentes.

Uno de los factores decisivos en esta evolución es la desinformación. La amenaza difusa no prospera en un vacío informativo, sino en un entorno saturado, donde los hechos compiten con interpretaciones interesadas. La manipulación del agravio desempeña un papel central. Se exageran injusticias, se caricaturizan adversarios y se sugiere una urgencia moral que legitima la acción inmediata. El sujeto radicalizado no se percibe como agresor, sino como reaccionando ante un daño intolerable.

Desde un punto de vista psicológico, este proceso resulta especialmente complejo. El individuo no necesita romper con la sociedad en bloque; le basta con reinterpretarla como hostil. La radicalización se construye desde dentro, a menudo sin signos externos claros. No hay clandestinidad organizada ni preparación visible. Esto dificulta enormemente la detección temprana y plantea dilemas de enorme calado para los sistemas preventivos.

El terrorismo, doméstico, plantea un problema político de primer orden. Al surgir en el seno de la propia sociedad, quiebra la narrativa del enemigo externo. Obliga a preguntarse por los fallos de integración, por las tensiones culturales, por los espacios de exclusión. Pero también por la responsabilidad de discursos públicos que simplifican, polarizan o trivializan la violencia verbal. La frontera entre radicalización social y radicalización violenta no siempre es nítida. En este escenario, la seguridad se enfrenta al riesgo de sobrerreaccionar. El miedo a lo imprevisible puede conducir, y de hecho conduce, a estrategias extensivas de vigilancia, a la ampliación de categorías sospechosas o al endurecimiento indiscriminado del control. Estas respuestas, lejos de neutralizar la amenaza, pueden alimentar la narrativa del agravio que nutre la radicalización. El terrorismo doméstico se beneficia de sociedades tensas, donde la desconfianza ha sustituido al vínculo.

La prevención exige, por tanto, una aproximación más amplia. No basta con identificar ideologías peligrosas; es necesario comprender los contextos que las hacen atractivas. Aislamiento social, fracaso identitario, frustración económica o sensación de humillación actúan como catalizadores. La ideología ofrece una explicación, pero no el origen del malestar. Confundir causa con envoltorio conduce a diagnósticos erróneos.

El papel de la comunidad resulta aquí fundamental. Los procesos de radicalización no siempre son invisibles a quienes rodean al individuo: familia, profesores, compañeros, entorno digital. Fortalecer la capacidad de detección temprana sin convertirla en delación es uno de los grandes retos contemporáneos. Para ello, se requiere confianza institucional y redes sociales cohesionadas. Donde hay aislamiento, la señal se pierde; donde hay diálogo, emerge antes.

Otro elemento crítico es el tratamiento mediático de la violencia. La atención obsesiva a cada atentado, la repetición de nombres e imágenes, la construcción de relatos épicos o demonizados contribuyen a otorgar a la acción violenta una centralidad simbólica, que es lo que buscan la mayoría de los agresores. Reducir el efecto contagio exige un ejercicio de responsabilidad informativa que no siempre encuentra sitio en un entorno dominado por la inmediatez.

El terrorismo descentralizado no pretende derrocar Estados ni negociar condiciones. Su éxito se mide en impacto emocional, en sensación de vulnerabilidad y en ruptura de la normalidad cotidiana. Cada acto violento comunica un mensaje sencillo: nadie está completamente a salvo. Frente a ese mensaje, la respuesta no puede ser únicamente técnica. Debe ser también social, cultural y ética.

Aceptar que la amenaza no desaparecerá por completo es incómodo, pero necesario. La seguridad absoluta es una quimera. Lo que sí puede construirse es una sociedad menos permeable a la radicalización violenta, más resistente a la manipulación y más consciente de sus propias fracturas. En ese sentido, la lucha contra este terrorismo doméstico no es solo una cuestión de policía e inteligencia, sino de calidad democrática.

La mutación del terrorismo refleja, en última instancia, la mutación de nuestras sociedades: más conectadas, más fragmentadas, más expuestas al ruido. Comprender esa transformación es el primer paso para no seguir buscando estructuras donde solo quedan impulsos, ni líderes donde solo hay relatos. Porque la violencia sin jerarquía no se combate con esquemas del pasado, sino con una lectura honesta del presente.