Hay frases que no necesitan contexto; se bastan a sí mismas para exhibir su pobreza intelectual. No argumentan ni persuaden: señalan con el dedo y pretenden que el dedo sea una razón suficiente.

Hoy me he encontrado un parrafillo en una red social, publicada en un perfil llamado “Yo Soy Rojo”, que dice así: “No me importa si un hombre se autoidentifica como mujer. No me importa si un joven se autoidentifica como animal. Lo único que me preocupa es el pobre que se autoidentifica con la derecha; a eso sí hay que tenerle miedo”.

El texto está construido como un artefacto retórico sencillito, casi preescolar: tres “autoidentificaciones”, dos presentadas como extravagancias tolerables y una como amenaza inaceptable. El truco es viejo: desplazar el foco del argumento al efecto emocional.

Primero se introducen ejemplos destinados a provocar desconcierto o burla. No se analizan ni se contextualizan; funcionan como caricaturas. El mensaje implícito es: “mirad qué rarezas hay hoy”. Después llega el giro: “lo único que me preocupa es el pobre que se autoidentifica con la derecha; a eso sí hay que tenerle miedo”. ¡Amigo! Aquí se cambia el registro. Desaparece la ironía y entra en escena el miedo. Y cuando el miedo ocupa el centro, el razonamiento se retira.

De esa estructura ya se desprenden algunas conclusiones.

  1. Las identidades sociales serían irrelevantes; la ideológica, decisiva.
  2. Toda opción política sería admisible salvo la que contradice el estereotipo económico asignado.
  3. El problema no sería la pobreza, sino que el pobre piense distinto de lo esperado.

El párrafo, supuestamente progresista, desprende una lógica por la que el individuo deja de ser sujeto y pasa a ser, simplemente, función. Y así el pobre ya no es persona con biografía, convicciones, temores y aspiraciones propias, sino que se convierte en pieza de un engranaje. Si ocupa la casilla prevista, es víctima; pero si la abandona, es sospechoso. Se da por hecho que la posición económica determina legítimamente la ideología.

La contradicción es evidente: indiferencia ante identidades discutidas en el debate social y, al mismo tiempo, alarma frente a una opción política concreta ejercida por alguien concreto. Tolerancia simbólica en lo identitario; intolerancia práctica en lo ideológico.

Seguimos: el uso del miedo como argumento. No se dice “es incoherente”, “es discutible” o “quiero convencerle”. Se dice “hay que tenerle miedo”. El miedo no busca convencer; busca señalar. Y cuando el debate político se formula en términos de miedo hacia el disidente, el terreno deja de ser el de la discusión racional para convertirse en el de la desconfianza preventiva.

¿Vamos un poco más lejos? Venga. Si lo verdaderamente inquietante es “el pobre que se autoidentifica con la derecha”, entonces la pobreza deja de ser un problema social para convertirse en un defecto moral cuando se combina con una determinada papeleta. Dos personas con idéntica precariedad dejarían de medirse por sus ingresos y pasarían a medirse por su voto. El umbral de exclusión no lo fijaría el salario, sino la afinidad ideológica.

¿Adónde nos lleva esto? Bueno, si el miedo se activa ante la “autoidentificación”, el problema de fondo no es la pobreza ni siquiera la derecha, sino la autonomía. Lo que se teme es que alguien decida por sí mismo. El pobre “correcto” sería el que piensa lo que se supone que debe pensar.

Aceptada esa lógica, habría que clasificar a los ciudadanos por la coherencia entre renta e ideología: el obrero conservador sería un error; el empresario socialista, una anomalía; el autónomo liberal, una amenaza conceptual. La complejidad humana quedaría reducida a un esquema binario donde biografía, educación o experiencia apenas cuentan.

Además, el miedo invocado no describe; prescribe. No intenta comprender ni debatir: ordena desconfiar. Si aplicáramos el mismo molde a otros ámbitos, el resultado sería grotesco: temer al inmigrante que discrepa de las políticas migratorias, a la mujer que critica el feminismo, al sindicalista que cuestiona al sindicato. En todos los casos, quien se aparta del papel asignado pasa a ser sospechoso.

En el fondo, el párrafo no revela tanto sobre la derecha o la izquierda como sobre una tentación muy antigua: la de decidir de antemano qué debe pensar cada cual según su condición. No se defiende la justicia social ni la pluralidad, sino la ortodoxia. No promueve la libertad, sino la obediencia ideológica.

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