Ricardo Vidal López 19 mayo, 2010

Parque Vía.

La película es un experimento sobre el minimalismo en el cine; delineada con la mente de un técnico, disecciona el meticuloso comportamiento del personaje y a la vez nos va mostrando  sus miedos. Desde el punto de vista de la acción no es una película demasiado entretenida, no pasa prácticamente nada.

 

Sin embargo, el uso del lenguaje cinematográfico es extraordinario, es casi como un curso acelerado sobre montaje –realizado con una precisión milimétrica-, tipos de plano, secuencias, encuadres; magníficos los planos generales en los que nos muestra la actividad de Beto, como se van convirtiendo en planos-secuencia y como juega el director con la profundidad de campo.

Es incluso una lección sobre la historia del cine: esos largos planos en que refleja los gestos de algunos personajes que se van transformando en secuencias, como en el cine mudo.

El ritmo de la película es, de forma deliberada, como el carácter del personaje: no tiene prisa por nada. A veces resulta algo tediosa, pero es algo así como un tedio vital (perdón por ponerme filosófico).
Al comienzo, pasan casi siete minutos hasta que oímos una palabra. La presentación es completamente visual; recorremos una casa tras el personaje, lo vemos enfrentarse a sus quehaceres diarios. Es una poderosa reflexión sobre la reclusión, sobre la monotonía como refugio.
La vida comercial de “Parque Vía” no tiene mucho futuro; está realizada frente a la industria cinematográfica. Enrique Rivero, el director, ha mostrado un importante valor en su realización; ha hecho lo que pretendía. Una película distinta, que nos muestra la mirada de dios sobre su criatura, pero sin intervenir, y nos invita a mirar con él, aunque siempre sin prisa. Dice “tomate tu tiempo y observa: podrás apreciar algo más de lo que sencillamente se te muestra”. Porque en “Parque Vía” el fondo es la forma.
Se puede vivir sin tener una dirección clara, se puede envolver la vida en pequeños actos sin particular contenido, en la repetición mecánica. Me hizo pensar en Kierkegaard y su concepto de repetición: el amor solo es amor cuando es repetición, aquí la vida solo es vida cuando es repetición. La casa es el mundo para Beto; fuera de ella la vida no existe.
Un ermitaño en medio de una gran ciudad. Enclaustrado, atrincherado en la casa frente a un mundo que no le gusta, que le asusta y al que, como finalmente nos demuestra, no esta dispuesto a volver.