Ricardo Vidal López 26 septiembre, 2011

El árbol de la vida.

Aburrimiento sideral, sopor cósmico, …, son expresiones que describen adecuadamente mis sensaciones en la sala mientras veía este despropósito de considerables dimensiones perpetrado por el siempre inconmensurable Terrence Malick. Conozco y aprecio el cine de Malick, pero he de decir, con la mano en el pecho –esta vez en el mío-, que el pasado sábado me hizo, como el matrimonio, conocer el infierno.

Lo peor del caso no es esto; lo peor es que el domingo por la mañana, sintiendo aún gravemente herida mi sensibilidad intelectual cometí un error más. Fui a buscar reparación emocional en la despiadada crítica cinematográfica y me he encontrado no ya herido, sino insultado.
La falta de testiculina y la ausencia de criterio es la nota predominante. Abunda el vacuo comentario sobre la calidad poética y abunda asimismo el comentario sobre el exceso documental, sobre el que un autorreputado crítico reconoce no entender ni papa. En general se afirma unánimemente con inanidad igualmente unánime que es una gran película a la que le sobran 45 minutos. Y es aquí donde me gusta particularmente hacer hincapié en la cobardía de tan considerada afirmación; imaginad que yo afirmo que el “Guernica” de Picasso es una gran obra pictórica, pero que sería mejor aún si le quitamos el caballo y el toro, o que esa gran obra de mi tocayo Pablo Neruda, “20 poemas de amor y una canción desesperada” sería insuperable si elimináramos los tres primeros poemas, los tres últimos y media canción. O, ya por decir algo mucho más grave, restáramos 25 cañones a cada banda de aquel famoso velero bergantín. “El árbol de la vida” es una obra lenta y minuciosamente  rodada, montada, cerrada y completada por el señor Malick. Y es como tal, como obra cerrada y completa, como hay que juzgarla. Y mi juicio sobre ella es que es enjundiosamente mala. Es mareante en las escenas con personajes, es mareante en las escenas sin personajes. Insidiosa la voz en off. La linealidad de la trama está ausente, pero no ha sido sustituida por nada. Cuando parece que va a pasar algo no pasa; cuando parece que no va a pasar nada tampoco pasa. Como en aquella vieja película de Bardem, nunca pasa nada. Una película irritantemente asfixiante. Acuciantes las ganas de huir del cine.
La película tiene más agujeros que el modelo del queso suizo de causa de accidente. Todo el innecesario documental sobre el nacimiento del universo y la evolución de nuestro mundo, la inexistencia de estructura narrativa y, finalmente, el hecho de que se pretenda jugar con las sensaciones que produce en el espectador esa catarata, desconcertada y desconcertante, de imágenes que nos hunden en el fangoso terreno de lo subjetivo, nos llevan por el camino más corto a la desesperación, la aflicción y al desconsuelo.
Una escena particularmente tonta es esa en la que el dinosaurio se acerca a otro más pequeño en el lecho de un río, le pone una pata en la cabeza, la pisa, lo mira con humanidad, duda, y finalmente, con asombrosa piedad y contra su propia naturaleza, le perdona la vida y se va tan ricamente trotando, perdón, levitando, como Jesucristo, sobre el lecho de ese riachuelo, porque no levanta ni una sola gota de agua en su carrera.
Bien está que Malick sea un iconoclasta, y bien también que esté acostumbrado a sorprender, pero eso no convierte esta película en una buena película. El resultado es algo excéntrico y desde luego me parece poco estimulante desde un punto de vista estrictamente cinematográfico. La película se va a pique por pretenciosa. Lo que tampoco quiere decir que “El árbol de la vida” no se vaya a convertir en un clásico del cine; cosas más raras se han visto.
El afán trascendente de la película es incuestionable; esa especie de dibujo flamígero, naranja, chillón, que aparece en varias ocasiones es como el monolito de 2001. ¿Qué será? Que si es dios, que si no es dios, …, no sé quizá sea una metáfora, …, de dios, claro. La figura del padre, Padre, todopoderoso, amante y severo –no maltratador- protector de sus hijos. Los fogonazos de las escenas infantiles que conformarán al hombre son brillantes, pero abiertamente insuficientes para justificar toda la película, como el combate final de Rocky V, fantásticamente rodado, no justifica para nada esa película.
Algunos críticos han señalado el tono existencialista, heideggeriano, de la película. Malick estudió detenidamente a Heidegger para su tesis doctoral; y fue precisamente Heidegger quien escribió aquello de que “quien piensa a lo grande tiene que equivocarse a lo grande”.
Creo que fue Aristóteles en la “Metafísica” quién dijo que “el todo es mayor que la suma de las partes”. El problema en esta película es que no hay “todo”, y las partes se restan entre sí.
En “El árbol de la vida” hemos visto retazos de vida, pero en ningún momento el árbol.