Ricardo Vidal López 4 septiembre, 2012

Hace unos días leí un titular en El Mundo: “El 15-M va a tener las riendas de este país”. El autor de tan extraordinario pronóstico es Miguel Bosé. Tranquilas, no diré nada contra Miguel Bosé; ya sé que es como una religión para muchas. Decía Pico della Mirandola que sin lengua acaso se podría vivir, pero sin corazón de ningún modo. Supongo que es el corazón quien impele a Bosé a decir esto.

El 15-M no es sino un puñado de arrogantes discursos, aparentemente audaces, pero que muestran continuos achaques, trastornos y manías. Sus planteamientos, inconsistentes como fuego de virutas, son un hervidero de pequeñas insurrecciones, de fútiles sediciones. Querer convertir a España, este país, en un formidable pero también bochornoso y grosero falansterio es algo que ni a los más contumaces santones de la izquierda española se les había ocurrido seriamente jamás.
En referencia al 15-M afirmaba hace poco Antonio Escohotado que “cada tiempo tiene su charlatanería”. Efectivamente son tiempos de retórica. Pero la del 15-M tiene una candorosa inocencia basada en un profundo desconocimiento de la realidad. Nos quieren remitir a un embaucador concepto de democracia no institucional, primitiva, y en ciertos aspectos, natural. Sin embargo…
…, sin embargo, nuestro tiempo histórico es el de las instituciones, los organismos y las constituciones. Cierto que es un imperfecto producto social, pero ¿qué habría de ser si no? Cierto que tiene un alto grado de complejidad, como una gran máquina que autorreproduce sus mecanismos.
En definitiva nuestro sistema político, nuestra democracia es sencillamente un medio, un medio que según muchos, demasiados ya, ha quedado huérfano de fines. El ideal ético subyacente a la democracia, que no es más que una cierta concepción de la justicia, ha ido adelgazando hasta convertirla en una estructura meramente política, y es en este Campo de Marte donde se debe celebrar la batalla para recobrar la virtud perdida.
La recuperación del ideal ético de la democracia es tarea que nos incumbe a todos, pero entiendo que nos alejamos de ello con ese “no nos representan” que se ha convertido en uno de los leitmotiv del 15-M y curiosamente también de sus adversarios ideológicos: enemigos que comparten una estupidez congénita. Quizá la única utilidad que ha mostrado este movimiento es la de romper temporalmente la monotonía.
El hundimiento, por el desplazamiento de la soberanía, del Estado nacional y el exceso de legislación originado por las presiones de diversos sectores económicos y políticos ha convertido nuestra democracia avanzada en un laberinto irreconocible e inmanejable.
Además, en lo individual, el exceso de contacto que nos aportan las redes sociales tampoco parece estar ayudando. El absurdo objetivo que supone tener 100 ó 1000 o cuantos sean amigos en estas redes…; ese exceso, aunque tiene mucho de bueno, también tiene mucho de malo. Hay un infantilismo insano en ello. Produce cambios en el lenguaje y en la forma de entender algunos conceptos, como el de “amistad”. Y no tengo dudas de que con el tiempo nos conducirá con entretenida mano al analfabetismo emocional. Nuestros facebooks, twitters, etc., se van convirtiendo en una parte cada vez mayor de nuestra imagen social, en la que cualquiera puede citar en un instante a Santo Tomás o Hegel al tiempo que sube una foto de las vacaciones. Esta pseudoexaltación del individuo, falsa como el Iscariote, viene de perlas a los manipuladores de masas.
Tanto desarrollo tecnológico parece que nos ha obturado las neuronas; está en la misma raíz de la globalización, y por tanto, del capitalismo financiero que multiplica o reduce el valor económico de todo con un dinero inexistente; una mundialización que, a lo largo de los años, ha situado lo económico como eje central de lo social.
Quizá no sea vano repensar el contrato social y redefinir el bien general. Quizá sea el momento adecuado para que se deje de poner en cuestión la legitimidad del sistema, y sencillamente intentar corregirlo -a pesar de que vuelva a haber maquis en Rodiezmo- y perfeccionar los sistemas de fiscalización de los poderes públicos. Sería un comienzo.