Ricardo Vidal López 19 septiembre, 2012
 

“Y a mí se me ocurre que hemos

caminado más de lo que llevamos andado”.

Juan Rulfo,
El llano en llamas
 

 

A vueltas continuamos con la crisis del capitalismo; que si es un sistema especulativo, que si es injusto, que si esto, que si aquello,… Mientras más lo pienso más claro lo veo. Porque ¿qué hay tras los límites del capitalismo? Pues, a lo que parece, más capitalismo. La alternativa del “socialismo real” se escurrió por el sumidero de la historia. Y ahora, desbordado nuestro sistema capitalista vamos a caer en el capitalismo de nuevo. Es lo que tiene la globalización, no se puede salir de aquello que engloba todo.

Nuestro marco global, es decir, nuestra ausencia de marco, carece de una regulación suficiente para poder atajar los problemas. Por ello, las medidas keynesianas –aumento del gasto público para paliar el hundimiento de la demanda privada- no nos sirven. Esto no tiene nada que ver con la crisis de 1929. Ahora tenemos problemas globales y por tanto requerimos soluciones globales, además de resolver nuestros propios, que no son pocos ni pequeños, problemas locales.

La economía virtual, financiera, la de la anotación en cuenta sin poner un euro de verdad, maneja cifras astronómicas con las que la economía real, la de la producción de cosas reales, no se atreve ni a soñar. Esa economía virtual se basa en el apalancamiento, y desde 2007, asistimos al brutal espectáculo de una arrolladora recogida de pérdidas. Ahora toca desapalancar, que no es otra cosa que reducir las abultadas deudas  En origen esta crisis se gesta con el modelo que se empezó a adoptar en los años 70, un modelo basado en el exceso de consumo y por tanto en el exceso de crédito.

España pertenece además al vagón de cola de un subsistema gigante, el eurotren. Y ya se sabe que quien viaja atrás no solo no pilota sino que además siente más las curvas y vaivenes de la ruta. Y aquí seguimos, soportando las germanas estocadas, y observando el auténtico sentido de la traición europea a sus propios hijos.

Nos mintieron cuando, hace años, nos contaron las bondades de la integración en Europa, nos engañaron cuando nos dijeron que era la conformación de una sociedad abierta; ahora nos conminan a estrujar más nuestros inexistentes medios. Europa está dividida en dos; y la Línea Maginot que nos separa es la prima de riesgo. Vivimos en la Europa de los deudores y al otro lado, con fortísimas defensas, la Europa de los acreedores. Parece un hecho contrastado que la defensa del Estado de Bienestar alemán acabará con el Estado de Bienestar español: estamos más acorralados que los gérmenes del pato WC.

Y entretanto, los inoperantes tíos memos de nuestros gobiernos y parlamentos se dedican a lanzar lúgubres proclamas con escaso éxito de crítica y público. Esos mismos tíos memos responsables de las burbujas nacionales: infraestructuras, inmobiliaria, financiera, educativa, etc. Y la burbuja política que es quizá la que más nos ofende a todos: la creación y expansión de las administraciones públicas, estableciendo potentes redes clientelares que han ido consumiendo recursos de todo y de todos; la toma de poder en el Banco de España, el Tribunal Constitucional o la Comisión Nacional del Mercado de Valores. España no resolverá la situación mientras permanezca este persistente aquelarre político-institucional.

La destrucción y la precariedad son las características de nuestro empleo. Y el empleo está en la base del equilibrio social y del equilibrio fiscal. Escuchar algunas candorosas declaraciones de muchos de nuestros iletrados políticos, pilares de la comunidad, sobre fiscalidad o empleo o cualquier otra cosa que les venga en gana es algo que me pone frente a las puertas del frenopático.

Llevamos ya algunos años sumidos en la crisis, y a estas alturas aún no nos han respondido solventemente a la pregunta acerca de en qué punto estamos, ni tampoco sabemos porqué sabemos en qué punto estamos, con lo que es difícil decidir qué hacemos. Como a Rulfo me parece que hemos caminado más de lo que hemos andado.