Ricardo Vidal López 23 diciembre, 2013

Leyendo uno la prensa estos días de pedreas y salud parece que España se divide en abortistas y antiabortistas, y ya dependiendo de cada periódico uno puede estar entre los machistas retrógrados o los progresistas defensores de la mujer o bien entre los asesinos de niños y los partidarios de la vida. Una vez más me veo entre dos Españas.

Yo, vaya por delante, no soy partidario, como solución para mí y mi pareja, de la opción abortista. Además creo que ésta es una cuestión no sólo de mujeres, sino de parejas (ya escucho a algunas diciendo eso de “mi cuerpo es mío”), porque la decisión no atañe a una sola persona. Pero una vez dicho esto entiendo que el aborto es una respuesta grave a un problema grave, y que nadie aborta por gusto o capricho. Tras esa decisión existe una situación dramática, y por mucho que manifiesten, unos con la rosa y otros con la cruz, su preocupación real es de parte, quiero decir de su propia parte. Porque los partidos políticos que se dedican a postularse como amigos de unas u otras posiciones piensan en sus términos habituales, es decir, de rédito electoral, importándoles más o menos tres puñetas lo que realmente les pasa a las personas.

En un nuevo ejercicio de política pendular, de ésa sin sentido que con tanta frecuencia se realiza en España se le mete mano ahora al asunto del aborto. Y digo bien, se mete la mano. Porque no es un asunto que estuviera generando disensiones globales en la sociedad. Se nos dice desde el Partido Popular que el aborto nunca puede ser un derecho, sino que ha de ser una excepción. Bien, pero, una excepción ¿a qué? Porque resulta que si se regula jurídicamente es una excepción al Derecho, y el Derecho regula, tasa, los derechos. El Gobierno da otro ejemplo no sólo de ignorancia política sino también, y en mayor medida aún, de despliegue de una abrumadora falta de talento para gobernar y cohesionar un país que bastante tiene ya con todo lo que está tragando.

Quizá se vea desde el Gobierno como una ágil maniobra para desviar la atención de otros problemas, como el eléctrico. Puede que haya más niños, y también más niños no deseados, pero tengamos que calentarlos con braseros de picón. Aunque quizá el Gobierno de Rajoy no esté todavía satisfecho de hacernos navegar a todos por aguas fecundas en siniestros y pretenda también que volvamos a los tiempos del Cardenal Segura y su inhumana cofradía. Cuando un Obispo habla del “holocausto silencioso del aborto” habría que recordarle para empezar qué fue el Holocausto y, por supuesto, que su Iglesia callaba ante él. Este tipo de individuos me hacen recordar aquello que Samuel Johnson afirmaba refiriéndose a Thomas Sheridan: “tal exceso de estupidez no se encuentra en la naturaleza”.

El aborto no creo que sea para nadie –ya lo he dicho- una cuestión de capricho y no parece fuera de lugar que exista una regulación sobre el mismo. La anterior Ley, como ésta, era densa en disparates de envergadura. Si aquélla dejaba prácticamente todo en manos de la mujer afectada, en ésta quizá haya que terminar pidiendo, además de los certificados médicos, un permiso especial del capellán de la zona militar. Porque señoras y señores del Gobierno están ustedes desandando peligrosamente el camino que tantos años ha costado trazar.

Hace unas semanas, no recuerdo qué libro traía entre manos, me topé con la expresión “autismo ideológico autoinducido”. E inmediatamente me trajo a las mientes al Gobierno. Porque van y vienen engranando en el Congreso las medidas que recalientan en el magín y expelen al país como aire mefítico. Por el momento, lo único relevante que don Mariano y sus huestes, que de Satanás gocen, han traído a España son gigantescas oleadas de desengaño.