Qué verbo tan luminoso: empoderar. Tiene la cadencia de la promesa y el brillo de la emancipación. Pero en su uso cotidiano ha pasado de ser un llamado político a convertirse en una consigna de autoayuda. “¡Empodérate!”, dicen los anuncios de tampones, los discursos sobre liderazgo, las campañas institucionales. Pero las más de las veces, aún con la mejor intención, confunden autonomía con cosmética.
En su origen, el término tenía filo, cortaba: significaba dar poder a quienes se les había negado. Implicaba conflicto, conciencia, organización. Pero en su versión actual, el poder se ha vuelto interior, casi terapéutico. Ya no se trata de transformar las estructuras, sino de “conectarse con la fuerza interior”. El sistema sigue intacto, pero ahora brilla con los colores de la motivación.
En el fondo, empoderar se ha convertido en la manera elegante de decirle al individuo que se las arregle solo. Las desigualdades no se corrigen: se gestionan emocionalmente. Si el salario no alcanza, falta “mentalidad de abundancia”; si el entorno oprime, hay que “reprogramar las creencias limitantes”. La opresión se psicologiza y la injusticia se diluye en el lenguaje del crecimiento personal.
El verbo, además, suele llegar trampeado con algunas ayudas: un coach, una app, un curso online. Todos dispuestos a ayudarte a descubrir el poder que -qué casualidad- sólo se activa pagando la suscripción. La emancipación es un servicio premium.
Paradójicamente, cuanto más se repite la palabra, menos poder circula. Empoderar suena radical, sí, pero actúa como un sedante: convierte la protesta en proyecto, la rebeldía en plan de desarrollo. Lo que antes era consigna colectiva ahora lo pronunciamos frente al espejo, con sonrisa Instagram.
El poder, si algo enseña la historia, no se concede: se conquista. Tal vez haya que dejar de empoderarse y empezar, simplemente, a ejercerlo.